DE NUESTROS DEBERES

PARA CON LA VIDA

 

REFLEXIONES SOBRE LA CONVIVENCIA ENTRE LOS SERES HUMANOS Y DE NOSOTROS CON EL COSMOS

 

GUSTAVO WILCHES-CHAUX

 

Texto elaborado con el patrocinio de la

Corporación Autónoma Regional del Cauca CRC

 

Popayán, Junio de 1999

VERSIÓN ACTUALIZADA A AGOSTO 12 DE 1999

 

ÍNDICE

 

 

 

Prólogo por Francisco de Roux S.J.

 

Introducción

 

Nuestra historia sagrada": El sentido de "participación" y el sentimiento de "unidad"

 

Somos una obra maestra del devenir universal

 

Somos la peor plaga que existe o haya existido sobre la superficie de la tierra

 

La dimensión de nuestro dilema: ¿Cómo actuar en favor del ser humano sin favorecer a la plaga?

 

Los límites del yo: Somos nosotros y somos el universo que nos rodea

 

El "comportamiento emergente" como fuente de esperanza y de vitalidad

 

De los deberes para con Dios

 

De los deberes para con la biosfera (I)

 

De los deberes para con la biosfera (II) - ¿Son compatibles el desarrollo sostenible y la globalización neoliberal?

 

De los deberes para con la sociedad

 

De los deberes para con nosotros mismos

 

De los deberes para con los demás seres vivos

 

De los deberes para con los extraterrestres y otras inteligencias

 

 

PRÓLOGO

 

Por Francisco de Roux S.J.

 

El ser humano puede ser un promotor de la vida en el universo y puede ser una plaga destructora. Una y otra cosa ocurren. Ambas dependen de la libertad humana. Por eso el asunto de la vida es un asunto ético, un asunto bioético.

 

Este texto pone juntas la inspiración de la urbanidad de las "buenas maneras" de Carreño y la inspiración de las "buenas maneras" que surgen del diálogo interior de Gustavo Wilches-Chaux con todos los seres del cosmos desde la profundidad de Dios que es lo más íntimo de la propia intimidad ("intimior íntimo meo", como decía Agustín de Hipona).

 

Desde el fondo de sí mismo Gustavo arranca este escrito, como un manifiesto para invitarnos a revertir globalmente el rumbo de nuestra especie plaga, y emprender una tarea desde la capacidad de compartir la pasión del otro o de la otra, sin que necesariamente ese otro o esa otra tengan que ser seres humanos, donde la ética nace de la vivencia personal de una responsabilidad sin fronteras hacia todo lo que vive. Una ética de buenas maneras que no son antropocéntricas sino biocéntricas, en esta parábola de la telaraña de inteligencias de carbono y de inteligencia de silicio entrelazadas.

 

Estas buenas maneras piden que reconozcamos a la biosfera, su subjetividad y su propio orden, que no es el orden humano, y que comprendamos que nosotros somos parte de esa biosfera, y que tenemos el deber de garantizar que la biosfera fluya según sus propios ritmos y que la naturaleza participe en nuestras decisiones que la afectan. Que la naturaleza sea escuchada.

 

Gustavo Wilches-Chaux propone un método: la repetición, entre miles de nosotros, de actos coherentes y sencillos, que nos permiten actuar armónicamente en solidaridad y compasión, para construir y avanzar juntos, con una misma finalidad, hasta provocar un comportamiento emergente en beneficio de la vida en la tierra y de la felicidad humana, como lo hacen las bandadas invernales de golondrinas y las formaciones de garzas blancas sobre las llanura vespertina del Magdalena.

 

Gustavo pone un ejemplo de estos comportamientos emergentes en la oración de paz de Francisco de Asís. Cabe recordar tres puntos que le ocurrieron al Poberello: primero, que para llegar allá tuvo que pasar por muchos años de crecimiento interior en la lucha por coherencia con su propia conciencia. Segundo, que Francisco se dio cuenta de que solo no podía, y aprendió a pedir de hinojos la solidaridad que buscaba : "haz de mi un instrumento de tu paz, de tu amor, te tu esperanza". Tercero, que Francisco se desprendió de todo para entregarse a esta tarea, dejó de ser el hijo del mercader, y salió desnudo a reconstruir con sus propias manos las ruinas de la porciúncula, y fue así, en el despojo para ser libre en la construcción de la ternura y de la compasión, que se descubrió como hermano del sol y de la luna, de las aves y de los lobos, de los mendigos y de la hermana Clara.

 

Como los viejos sabios de otros tiempos, Gustavo no habla ni escribe en fórmulas abstractas sino en sugerencias y parábolas. Porque el idioma de la sabiduría es libertario. No encierra en formalismos sino que abre la imaginación y la iniciativa, para lanzarnos a emprender caminos que conducen a la grandeza del ser humano en el universo.

 

Como todos los que escriben sobre ética, Gustavo se topa el problema del utilitarismo y lo maneja de manera pedagógica: "la única salida posible para la crisis colombiana está en la adopción generalizada de una ética de respeto a la vida en todas sus expresiones". Pero uno no puede esperar que la gente llegue de una vez por todas a esta ética contemplativa de la compasión y de las solidaridad que respeta a los seres vivos, aunque no podamos conocer la utilidad de todos. Por eso cabe partir de la bioética como algo rentable, algo que paga, algo que conviene incluso económicamente, para avanzar desde este umbral del interés al espacio sabio de la compasión y de la comunidad sagrada.

 

 

La capacidad creativa de Gustavo, y el rigor del argumento, nos lleva en los últimos capítulos a explorar nuestro comportamiento ante la probabilidad de encontrarnos con seres extraterrestres. En ese escenario maravilloso nos hace caer en la cuenta de las limitaciones morales de nuestro comportamiento actual: si comprobáramos la existencia de esos seres, los consideraríamos superiores si ellos pudiesen dominarnos y utilizarnos para aumentar sus riquezas y explotar a su favor el universo; y los consideraríamos inferiores si teniendo más sabiduría de la vida, más respeto a la naturaleza, y más amor que nosotros, pudieran ser puestos a nuestro servicio, dominados por nuestra codicia y sometidos a nuestro interés de controlar el espacio para acumular riquezas inútiles. Allí quedan en evidencia todas las actitudes que tenemos que cambiar.

 

Gustavo nos deja un mensaje, el mensaje que ha venido dándonos de manera insistente durante varios años: que la vida en sociedad y la vida de la naturaleza, nuestra vida personal y familiar, nuestro cuerpo y nuestra intimidad con Dios, todo forma parte de un apasionante continuum que merece compartirse en el respeto, en la alegría y en la solidaridad, como seres que recibimos las riquezas de una corriente fabulosa de transformaciones -historia y cultura- y que entregaremos el mismo cauce, empobrecido y envenenado, o enriquecido y lleno de belleza y esperanza, a otros y otras que vendrán después, de esta misma Tierra o de cualquier otra parte.

 

Gustavo Wilches nos encuentra en Colombia, este país que es una amenaza para la vida en el planeta. Hace rato los colombianos andamos en tinieblas. Atravesando un túnel oscuro al que seguimos entrando sin saber cuándo empezaremos a salir. Hay algo típico en la psicología de los grupos que caminan en la oscuridad: en medio de las tinieblas todos voltean a mirar cuando alguien alumbra una luz. Gustavo Wilches-Chaux tiene la magia de irradiar relámpago de esperanza que nos deja ver.

 

Este libro es más que un relámpago. Es una antorcha que nos conduce a la salida de las tinieblas, si tenemos la determinación de caminar el camino que insinúa. No es un camino fácil. Cada paso toma una decisión libre y no se le regala a nadie. Cada uno de nosotros puede dejar de ser plaga y convertirse en promotor de la vida. Sólo tiene que optar por estar atento al mensaje de la vida que se revela en sí mismo, en la manera peculiar como se deja sentir Dios en la profundidad de cada historia humana. Cada uno tiene que entender lo que Dios y la vida intentan a través de su existencia. Cada uno tiene que caer en la cuenta de que formamos parte de una sinfonía de la vida, de una comunidad sagrada, que es más grande y más importante que nosotros mismos. Cada uno tiene que actuar en consecuencia, en solidaridad, en compasión, en ternura, en amor.

 

Francisco de Roux

Barrancabermeja, Agosto de 1999

 

INTRODUCCIÓN

 

 

Cuando yo era niño y se acercaba la época de navidad, comenzaba a sondear con mi mamá las perspectivas de los regalos con que ese año pudiera manifestarse el Niño Dios.

 

"¿Qué le puedo pedir al Niño Dios?", le preguntaba yo.

 

"Pídale buenos modales", me contestaba mi mamá todos los años.

 

Por supuesto, ni yo nunca le pedí al Niño Dios buenos modales, ni él nunca me los trajo motu proprio.

 

De allí que yo carezca casi totalmente de autoridad y de capacidad para escribir una cartilla con las pretensiones del "Compendio de Urbanidad" de don Miguel Antonio Carreño, al menos en cuanto hace referencia a su segunda parte, en donde se encuentra todo lo referente a la etiqueta social y las "buenas maneras".

 

Pero si no me atrevo a penetrar en los complicados terrenos de la etiqueta, sí me arriesgo en el territorio de la ética, envalentonado por esa frase de Albert Schweitzer que más adelante volveremos a encontrarnos, según la cual "todo aquel que crea tener algo que decir sobre el sentido moral individual, posee el derecho de hablar..."

 

De allí estas reflexiones sobre nuestros deberes para con la vida.

 

El texto que sigue ha ido resultando como una conversación interior, y espero que así mismo se deje leer. Una conversación inspirada, en gran medida, por los escritos del ya mencionado Albert Schweitzer, y por el pensamiento de Thomas Berry, un sacerdote pasionista empeñado en que el cristianismo asuma una profunda responsabilidad con el cosmos. Quisiera, con este texto, contribuir a la difusión entre nosotros de la ideas de Schweitzer y de Berry.

 

En alguna medida, cada capítulo contiene a los demás, y como se dice en alguna parte del texto, cualquiera de los deberes que se ubican en un capítulo, bien pudieran ubicarse en los otros.

 

Porque, precisamente, el énfasis central del texto es la unidad entre todos los seres del cosmos y la posibilidad de establecer contacto cara a cara con el universo entero, a partir del encuentro personal y directo con cada uno de los seres que lo conformamos.

 

Esa conversación interior de la cual han salido los párrafos que a partir de ahora pretendo compartir, ha sido, entonces, una charla íntima y larga con Dios, con la biosfera (esa telaraña que le otorga al planeta su carácter de ser vivo), con el suelo y el cielo, con muchos otros seres vivos que comparten con nosotros la Tierra (por lo cual merece un especial agradecimiento Charlie, mi profesor de compasión) y con seres que supuestamente no están vivos, como las rocas o el agua, pero que a su manera sí lo están. Un diálogo con ese espíritu y con ese cuerpo que soy yo, y que muchas veces resulta un interlocutor muy complicado... muy pesado.

 

Una conversación en la cual he podido expresar tanto el orgullo que siento de pertenecer a la especie humana, como la enorme vergüenza de ser parte de la peor de cuantas plagas han existido sobre la superficie de la Tierra. A la especie que le ha otorgado consciencia universal a nuestro planeta, y a la que tiene en peligro su propia supervivencia.

 

Pero ha sido también un diálogo con el dolor, con el desgarramiento, con el horror y con el temor. El diálogo que todos los días sostenemos los colombianos y las colombianas con la cotidianidad. Una conversación que surge cuando, en términos de Gramsci que también nos volveremos a encontrar, el optimismo de la voluntad comienza a saberse acorralado por el pesimismo de la razón.

 

Estas páginas, escritas en un momento en que parece generalizarse la guerra en Colombia (y mientras se siguen registrando genocidios en otros lugares del planeta), se hacen la ilusión de contribuir en algo a inspirar a quienes tercamente se aferran a la esperanza, y pretenden llevarles una voz de apoyo y nuevos argumentos, a quienes han decidido hacer de su propia vida e incluso de su propia muerte, un acto expreso de reafirmación de la vida.

 

Si alguna vez incurrí en la ligereza de pensar que toda "La Urbanidad" de Carreño había quedado revaluada, hoy no tengo inconveniente en retractarme. Con excepción de algunos detalles circunstanciales (que recobrarán su vigencia cuando, por ejemplo, el sombrero vuelva a ponerse de moda entre los habitantes de las ciudades), de otros que definitivamente corresponden a épocas superadas, y de un machismo y un autoritarismo predominantes en la época en que fue escrito el texto original (machismo y autoritarismo que hoy, desafortunadamente, en muchos casos siguen vivitos y coleando, aunque ahora sin la galantería con que solían disfrazarse), la etiqueta para la convivencia en sociedad, por la cual se hizo famoso el maestro Carreño, es decir, lo que es en sí su cartilla de "buenas maneras", conserva validez, y definitivamente sí valdría la pena que se desempolvara y que, con las actualizaciones necesarias, se volviera a sembrar en escuelas, colegios, universidades y hogares.

 

No tendría sentido alguno trenzarme en imaginarias discusiones con el maestro Carreño cuando, por ejemplo, califica "el placer de dormir en exceso" como "rudo y estéril" (adjetivos con los cuales estoy en absoluto desacuerdo), cuando en la página de enfrente prescribe algo tan elementalmente lógico (y que hoy con frecuencia se incumple de manera agravada), como que cuando estemos hospedados en un hotel, debemos tributar "las debidas atenciones a los que se encuentran en los vecinos aposentos, procurando especialmente no hacer ruido alguno que pueda perturbar su sueño". En general, las "buenas maneras" no están en entredicho, en la medida en que sean expresiones de respeto a los derechos del otro o de la otra, y muestras de consideración hacia la comunidad humana a la cual pertenecemos.

 

Posiblemente en donde sí hay mucha tela que cortar (y de pronto algunos retazos para conservar) es en la primera parte de la cartilla, en donde Carreño discurre sobre "los deberes morales del hombre". Ahí es en donde estas reflexiones sobre nuestros deberes para con la vida, pueden significar algún aporte.

 

Bienvenidas las "buenas maneras" de que muchos quisiéramos no carecer, pero no en virtud de una reverencia arrodillada a las jerarquías autoritarias, sino como expresión de una ética que reconozca el respeto a la vida en todas las circunstancias y en todas sus expresiones, como el más sagrado de los valores y el más obligatorio de los deberes.

 

Existe consenso sobre el hecho de que en la base de la educación ambiental debe estar el redescubrimiento de los valores y de las actitudes que nos permitan convivir entre nosotros y con el entorno, pero por alguna razón ese, el territorio de la ética, o no se encuentra todavía suficientemente cartografiado, o esa cartografía no ha sido lo suficientemente "socializada" como para que podamos convertirla en herramienta cotidiana.

 

Las páginas que siguen pretenden aportar elementos para la reflexión colectiva sobre esos valores y esperan convertirse en herramienta de apoyo para quienes, desde la educación ambiental, están comprometidos con el reto de hacer de Colombia un territorio en donde se respete la vida.

 

Mis agradecimientos al doctor Nelson Paz, Subdirector de Gestión Ambiental de la Corporación Autónoma Regional del Cauca CRC, por el apoyo de esa institución para la realización de este trabajo.

 

 

Gustavo Wilches-Chaux

Popayán, Junio 18 de 1999

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las opiniones consagradas en este texto son responsabilidad exclusiva de su autor y no comprometen ni a la CRC ni a sus funcionarios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"No matarás ni con hambre ni con balas..."

 

Del manifiesto del movimiento "Paralelo Colombia"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"NUESTRA HISTORIA SAGRADA":

 

EL SENTIDO DE "PARTICIPACIÓN" Y

EL SENTIMIENTO DE "UNIDAD"

 

 

"En el universo, todo está genéticamente emparentado con todo lo demás. Hay literalmente una familia, un vínculo, porque todo desciende de la misma fuente. En este proceso creativo se originan todas las cosas. En la Tierra, todos los seres vivos derivan claramente de un solo origen. Literalmente nacemos como comunidad; árboles, aves y todas las criaturas vivas están unidas en una sola comunidad de vida. Esto nos da la sensación de pertenencia (...) Para contar la historia de cualquiera de nosotros es necesario contar la historia del universo. Si este fuera diferente, nosotros también lo seríamos. El universo debe ser lo que es universalmente, para nosotros ser lo que somos individualmente, porque todo lo que ha ocurrido en el universo está presente en cada uno de nosotros (...) Debemos descubrir esta historia de un universo emergente como nuestra historia sagrada. "

 

Thomas Berry c.p.

"Reconciliación con la Tierra"

 

 

 

¿Qué podemos hacer para sentir que participamos o que somos parte de?

 

¿Para que se despierte en nosotros el sentimiento de unidad?

 

¿Para sentirnos parte de qué y el sentimiento de unidad con qué?

 

Primero que todo, con nosotros mismos, con nuestros propios cuerpos, con nuestro espíritu, con nuestra alma, con nuestra mente, con nuestro ser.

 

Hacernos sentir uno con nuestro cuerpo. Algo que a primera vista parece obvio y elemental, significa ir en contravía de una concepción del ser humano que, durante siglos, nos ha enseñado que el cuerpo es una especie de envoltorio temporal, una carga necesaria para sobrevivir durante el tiempo que dure nuestra "vida terrenal", pero que realmente nuestro yo –nuestro Yo- es algo que trasciende esa "carne corruptible", esa envoltura temporal.

 

Hacernos sentir uno con nuestro cuerpo, ser conscientes de que nosotros somos cuerpo, constituye el requisito necesario para que nos podamos sentir parte y expresión del proceso de evolución de la vida en el universo, y parte y expresión de la trama o "telaraña" de la vida en la Tierra.

 

Es decir, para que adquiramos consciencia de nuestra condición de eslabones de un proceso que empezó hace cuatro mil quinientos millones de años, cuando en este planeta comenzaron a generarse las condiciones para que hace tres mil ochocientos millones de años, en algún lugar de los océanos primitivos, aparecieran las primeras formas de vida sobre la corteza de la Tierra; y también para que sepamos y sintamos que, hoy por hoy, seguimos formando parte de esa telaraña compleja de seres vivos –bióticos-- y convencionalmente no vivos –abióticos— y de inter-relaciones entre unos y otros que llamamos la biosfera y que hace que la Tierra toda se pueda considerar no solamente como una roca portadora de vida girando alrededor del sol, sino que ella misma, la Tierra, es un ser vivo, y que nosotros, los seres humanos, formamos parte de su condición vital.

 

Para que sepamos y sintamos que todos los seres vivos, desde los viroides hasta nosotros mismos, pasando por los musgos, los árboles, las aves, los dinosaurios, las ballenas y todo cuanto ser vivo ha habitado hasta ahora o habita hoy sobre la faz de la Tierra o bajo las aguas del mar, somos expresiones de una misma "química": la química del carbono, y que existimos y nos reproducimos con base en unos mismos principios y en unos mismos mecanismos de transmisión de nuestra información genética.

 

Pero también, hacernos sentir que somos uno con nuestro espíritu, con nuestra mente, con nuestra alma (si la hay).

 

Que ese cuerpo, y ese espíritu, y esa alma y esa mente, conforman esa indivisible unidad que constituye nuestro Yo.

 

Que pensamos y amamos y aprendemos y conocemos y odiamos y soñamos y sentimos temor y recordamos con nuestros cuerpos, así como nos alimentamos, y hacemos la digestión, y nos abrazamos y nos acariciamos y hacemos el amor y pateamos y manoteamos con nuestras mentes, con nuestros espíritus, con nuestras almas.

 

Que el alma también se nos indigesta y se nos enferma, al igual que sentimos y presentimos con la piel y con las tripas la existencia de Dios.

 

Hacernos saber y sentir que somos uno con nuestra comunidad, con el proceso cultural y social que se materializa en lo que comemos, en lo que bebemos, en lo que vestimos, en lo que hacemos, en lo que pensamos, en lo que decimos, en el paisaje urbano y rural que nos rodea, del cual somos parte y que nosotros mismos contribuimos a formar y a transformar. Que se materializa también en la lengua y en el modo como pensamos lo que pensamos y decimos lo que decimos. En lo que nos dicen o creemos que está bien y en lo que nos dicen o creemos que está mal.

 

Nos guste o no, somos también eslabones de una cadena que viene desde muchas generaciones atrás, desde antes aún de nuestros tatarabuelos y tatarabuelas, de nuestros bisabuelos y nuestras bisabuelas, de nuestros abuelos y nuestras abuelas, de nuestros papás y de nuestras mamás. De una cadena que seguirá hacia adelante con nuestros hijos e hijas, con nuestros nietos y nietas, con nuestros bisnietos y bisnietas, con nuestros tataranietos y tataranietas. Que somos distintos de quienes fueron y son nuestros antepasados y de quienes son y serán nuestros descendientes, pero que al mismo tiempo somos todos ellos, los frutos de unos y las semillas de otros. Los espermatozoides de unos y los óvulos de otras, combinados en virtud del sexo, esa estrategia que la vida se inventó hace mil millones de años para garantizar la diversidad.

 

Hacia atrás, sin excepción, todos somos el resultado de la unión sexual de nuestros antepasados con nuestras antepasadas en una misma generación.

 

Hacia adelante, no podríamos asegurar dentro de tres o cuatro generaciones qué forma de reproducción podrá primar, pero de una u otra forma nuestros genes se las arreglarán para sobrevivir y aflorar en los rasgos más visibles o en las características menos perceptibles de quienes nos sigan en la sucesión generacional.

 

En nuestro avance hacia el encuentro de los sentidos de participación y de unidad, primero con nosotros mismos, luego con nuestra comunidad y con los procesos históricos y biológicos que determinan que cada uno de nosotros sea como es, tenemos necesariamente que llegar hasta el sentimiento de unidad con el universo. Con eso que Thomas Berry llama una "comunidad de sujetos", para diferenciarlo de la "colección de objetos" a que la cultura humana predominante en el mundo de hoy (incluidas la ciencia y la religión) ha reducido la imagen del universo, con lo cual, en palabras del mismo Berry, "la dignidad interior de las cosas deja de recibir la veneración que merece".

 

 

 

 

Escribe Berry:

 

"La Tierra es una comunidad sagrada muy especial. Los humanos nos santificamos al participar en ella (más de lo que se santifica la Tierra al participar en nuestra comunidad humana). Debemos integrarnos a la dimensión religiosa de la Tierra. Por supuesto, este proceso es mutuo. Uno es la expresión del otro. La comunidad humana y el mundo natural entrarán al futuro como una sola comunidad sagrada o ambos perecerán en el desierto. Este es el significado e importancia de comprender la amplia dimensión de la comunidad sagrada. Hemos tratado de llegar al futuro como comunidad humana en una relación explotadora con la comunidad natural, sin ningún sentido de integración con el mundo natural como comunidad sagrada."

 

A lo cual se refiere también Fritjof Capra cuando afirma que la enseñanza central de las religiones orientales radica en encontrar la unidad básica del universo, en "volverse consciente de la unidad y de la interrelación entre todas las cosas, para trascender la noción del individuo aislado y podernos identificar con la última realidad. El surgimiento de esa consciencia –conocida como "iluminación"- no sólo es un acto intelectual, sino que se convierte en una experiencia de naturaleza religiosa que compromete a todo el ser."

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La construcción de una nueva ética para la convivencia entre los seres humanos y de nosotros con el cosmos, requiere que aprendamos y aprehendamos el mundo como un proceso dinámico y complejo, y que nos sepamos reconocer a nosotros mismos como participantes de ese proceso. No se trata solamente de saber que somos parte del universo, sino de sentirlo con la razón y con las tripas. La palabra senestesia hace referencia al sentido de ser, en tres acepciones distintas pero interconectadas y simultáneas: sentido de ser, del verbo sentir. Es decir, darnos cuenta de que somos. Sentido de ser, en la acepción de significado. Es decir, qué significa que seamos. Y sentido de ser, en la acepción de dirección. Es decir: hacia dónde va nuestro ser y hacia dónde ese universo del cual formamos parte y de cuya voluntad de vida somos expresión y consciencia.

 

 

SOMOS UNA OBRA MAESTRA DEL

DEVENIR UNIVERSAL

 

"Cuando pienso en la relación entre el universo y el cerebro humano, una de las imágenes que me viene a la mente es la de un árbol, pero no sólo la de su espléndida copa, formada por ramas y hojas, sino también la de su sistema igualmente extenso de raíces, que pueden llegar a tanta profundidad bajo tierra como las ramas hacia el cielo. Para mí, las ramas simbolizan el universo observado, mientras que las raíces simbolizan el cerebro. Ambos sistemas están constantemente creciendo y evolucionando y dependen el uno del otro."

 

Timothy Ferris

"El Firmamento de la Mente"

 

Nuestro sol, la estrella de la cual se deriva toda la energía que consumimos en la Tierra, se encuentra en la periferia de una galaxia –la Vía Láctea- de la cual forman parte, según el más prudente de los cálculos, cien mil millones (100.000´000.000) de estrellas más. Los astrónomos afirman que existen en el cosmos otras cien mil millones (100.000´000.000) de galaxias, algunas con dos, tres o cuatro veces más estrellas que nuestra Vía Láctea.

 

Suponiendo que todas las galaxias tuvieran en promedio unos cien mil millones de estrellas, existirían en el universo cien mil millones de estrellas al cuadrado (100.000´000.000 x 100.000´000.000), es decir, diez mil trillones de estrellas (10.0003000.0002000.0001000.000), un uno seguido de 22 ceros, cifra imposible para nosotros de concebir.

 

No todas esas estrellas poseen planetas girando a su alrededor (de hecho, se presume que, por ejemplo en la Vía Láctea, sólo el cinco por ciento de las estrellas los poseen), ni en todos los planetas se dan las condiciones para que en ellos surja la vida, al menos en alguna forma similar a como la conocemos en la Tierra, para lo cual es necesario que el agua en estado líquido pueda existir.

 

Los astrónomos tienen en cuenta otros factores para calcular la probabilidad de que en algún otro lugar del universo pueda existir vida, y en especial alguna forma de vida consciente de su propia existencia y de la existencia del cosmos, tal y como somos los seres humanos: es decir, lo que orgullosamente denominamos "vida inteligente", o por lo menos "vida consciente".

 

Entre esos factores está la probabilidad de que, en efecto, en un planeta propicio para la vida, este fenómeno haya llegado a surgir; la probabilidad de que en ese planeta la vida haya alcanzado a evolucionar hasta una forma "inteligente" de civilización y que haya logrado sobrevivir a su propio desarrollo tecnológico, sin caer en fenómenos autodestructivos como una hecatombe nuclear.

 

Lo cierto es que por muy bajas que fueran esas probabilidades, por decir cualquier cosa, de uno por cada diez mil millones de estrellas, en un universo de diez mil trillones existirían un billón (un millón de millones) de estrellas a cuyo alrededor giraría al menos un planeta habitado por una civilización.

 

Es decir, que desde el punto de vista de las probabilidades, no solamente es posible, sino casi seguro, que en algún otro lugar del universo existan seres vivos, e incluso otros seres como nosotros, conscientes de su propia existencia.

 

Nuestra existencia sobre este planeta se debe a la confluencia de múltiples factores, tan extraños como la presencia del gigante Júpiter en su órbita alrededor del sol, cuya enorme influencia gravitacional determina que choques como el que se produjo hace 65 millones de años al estrellarse un cometa contra la Tierra, no se produzcan con una mayor regularidad (lo cual habría impedido que la vida alcanzara a evolucionar hasta llegar a nosotros).

 

Pero aún así, como ya dijimos, por compleja que sea la confluencia de factores necesarios para que surja y permanezca la vida sobre un planeta y por muy pequeña que sea la probabilidad de que todos esos factores se den, no resultaría concebible que en un universo de dimensiones tan gigantescas (1033 años luz cúbicos de espacio, según Timothy Ferris), solamente se haya desarrollado la consciencia en un pequeño planeta que gira alrededor de una estrella insignificante situada cerca del borde exterior de una galaxia de tamaño promedio.

 

Más aún, cuando pueden existir formas de vida y formas de consciencia no necesariamente ligados a procesos biológicos similares a los de la Tierra, sino materializados en otras formas de energía o en otro tipo de procesos que no llegamos a sospechar.

 

En conclusión: tiene que haber vida –y además vida consciente- en algún otro lugar del universo, sobre lo cual no puede caber duda alguna, por lo menos desde el punto de vista de –incluso las más prudentes- probabilidades.

 

Sin embargo, en este universo de diez mil trillones de estrellas, solamente estamos absolutamente seguros de la existencia concreta de vida en un sólo planeta: la Tierra.

 

Y solamente estamos completamente seguros de la existencia concreta de una sola forma de vida consciente de su propia existencia y consciente de la existencia del cosmos: la especie humana, nuestra propia especie.

 

Debo anticiparme a decir que comparto las críticas que se le formulen a la anterior afirmación, en el sentido de que es posible que otras formas de vida, como los animales e incluso las plantas (o las montañas y las nubes), también puedan ser conscientes -a su manera- de su propia existencia. Como también es posible que algunas especies animales (¿las ballenas, los delfines?) puedan ser conscientes - también a su manera- de la existencia del cosmos.

 

Es más: me atrevo a afirmar que yo creo que sí lo son (el mero acto de ser lo que se es, esa "dignidad sin palabras de los animales salvajes" de que habla Timothy Ferris, podría entenderse y vivenciarse como otra forma de consciencia cósmica). Pero entramos en el terreno de la subjetividad, en el cual (si bien no les niego validez), entran a jugar la cosmovisión de cada quien y los valores personales.

 

En cambio parece objetivamente comprobado que, posiblemente con algunas excepciones, todos los seres humanos somos conscientes de nuestra propia existencia, así no podamos estar tan seguros de que todos los seres humanos sean igualmente conscientes de la existencia del universo y de que forman parte de él. Pero esto último por razones culturales, y no porque existan diferencias cerebrales que les impidan a algunas personas adquirir esa consciencia de pertenencia y de totalidad.

 

El universo es consciente de su propia existencia a través de nosotros. Se conoce a sí mismo por intermedio del cerebro humano y siente que existe y que está vivo a través de nuestros sentidos y de nuestra senestesia. Podríamos afirmar que los seres humanos constituimos la propiocepción del universo, el sentido de su propia existencia (o por lo menos uno de sus órganos de propiocepción), es decir, su cenestesia (con "c"), pero que a su vez somos la senestesia (con "s") del cosmos, ese sentido a través del cual el cosmos capta la sensación de existir y percibe (o se interroga sobre) el significado y la dirección de ese existir.

 

Cada ser humano, cada uno de los seis mil millones de seres humanos que hoy poblamos el planeta, somos un universo único, irrepetible y particular. Cada uno de nosotros ha recorrido en nueve meses, dentro del vientre materno, la historia de la vida en la Tierra, desde cuando comenzó a existir hace cerca de cuatro mil millones de años en un medio acuoso similar al líquido amniótico dentro del cual se desarrolla nuestra gestación, hasta la aparición de los primeros seres humanos sobre la superficie terrestre. Timothy Ferris afirma que no se conoce en el universo una estructura más compleja que el cerebro humano, quizás con excepción de lo que el ruso Vladimir Ivanovich Vernadsky, y los franceses Edouard Le Roy y Theilard de Chardin, denominaron la noosfera, es decir, el encadenamiento de todos nuestros cerebros a través de la biosfera.

 

Aun cuando efectivamente existieran en el universo otros seres conscientes, a través de los cuales el cosmos se perciba a sí mismo y se interrogue sobre su razón de ser, nosotros, los seres humanos, no dejaríamos de ser, si bien no "la obra maestra" (así con un artículo tan antropocéntricamente determinado), sí por lo menos una de las obras maestras del devenir universal.

 

Reconocernos ese carácter, no se opone a la consciencia de nuestra pequeñez en términos tanto espaciales como temporales.

 

¿Qué es un ser humano en un universo de 1033 años luz cúbicos de dimensión?

 

¿Qué es un ser humano en medio de las 1022 estrellas que contiene el universo?

 

¿Qué significa la duración de una vida humana (30 mil días cuando más) en un universo de doce mil millones de años?

 

En términos de dimensiones o de duración, podríamos afirmar que no es nada.

 

Pero en términos de significado, podemos considerar que lo es todo.

 

Thomas Berry afirma que "humano es aquel ser en el cual el universo se refleja y se alaba a sí mismo y a su origen numinoso mediante su modo único de autopercepción consciente. Todos los seres vivos hacen esto a su manera, pero en los humanos se convierte en un modo de funcionamiento dominante. No pensamos en el universo, este se piensa a sí mismo en nosotros y por medio de nosotros."

 

Nuestra capacidad para el amor, para el descubrimiento, para la creatividad y para la poesía en todas sus expresiones (incluida nuestra capacidad para escrutar el universo a través de la ciencia académica y "popular" y muchas de las aplicaciones de la tecnología), me hacen sentir orgulloso de pertenecer a la especie humana.

 

 

SOMOS LA PEOR PLAGA QUE EXISTE O HAYA EXISTIDO SOBRE LA SUPERFICIE DE LA TIERRA

 

"Muchos de los grandes negocios promueven el crimen y del crimen viven. Nunca hubo tanta concentración de recursos económicos y de conocimientos científicos y tecnológicos dedicados a la producción de la muerte. Los países que más armas venden al mundo son los mismos países que tienen a su cargo la paz mundial. Afortunadamente para ellos, la amenaza de la paz se está debilitando, ya se alejan los negros nubarrones, mientras el mercado de la guerra se recupera y ofrece promisorias perspectivas de carnicerías rentables. Las fábricas de armas trabajan tanto como las fábricas que elaboran enemigos a la medida de sus necesidades."

 

Eduardo Galeano

"Patas Arriba"

 

Ninguna especie constituye una plaga por sí misma, pero cualquier especie animal o vegetal puede convertirse en plaga si desaparecen los mecanismos que regulan su impacto sobre los ecosistemas de los cuales forma parte; impacto que puede provenir o del tamaño de la población, o del comportamiento ecológico de la especie o, por supuesto, de la combinación explosiva de los dos factores mencionados.

 

En los ecosistemas naturales esos mecanismos de regulación se materializan y llevan a cabo a través las múltiples interacciones que conectan a unas especies con otras y a los seres vivos (animales, plantas, microorganismos) con los llamados componentes abióticos o supuestamente no vivos de los ecosistemas (minerales, humedad, luminosidad, temperatura, etc.)

 

El crecimiento de una especie está controlado, entre otros factores, por las condiciones que le garantizan un hábitat para protegerse, para alimentarse, para reproducirse y para levantar a sus crías; por la cantidad de alimento disponible y por los "enemigos naturales" o predadores que se alimentan de esa especie en particular. Esa telaraña viva de interacciones determina que, por ejemplo, si la presión de una especie sobre su fuente de alimento es muy grande, el alimento disminuye, con lo cual disminuirán las posibilidades de la especie para reproducirse y en consecuencia disminuirá la especie, reduciéndose así la presión sobre la especie animal o vegetal que les sirve alimento.

 

O si se incrementa la población de una especie, habrá más alimento para sus predadores (las especies que se alimentan de ella) y en consecuencia más predadores, lo cual conllevará a que disminuya la especie predada. De esta manera, a través de mecanismos permanentes de autorregulación (basados en una combinación dinámica de retroalimentaciones positivas y negativas) los ecosistemas naturales, al igual que los llamados agro-ecosistemas (sistemas productivos administrados por los seres humanos con base en los principios de los ecosistemas naturales), mantienen una condición de estado estable, que se traduce en una relación armónica (aunque no necesariamente "equilibrada") de las especies vivas entre sí y de estas con su entorno.

 

Si en un ecosistema se talan los árboles en los cuales anidan unas aves que se alimentan de unas mariposas, debido a lo cual esas aves se ven obligadas a migrar, muy posiblemente las mariposas se convertirán en plagas. Y si esa tala se realiza para reemplazar los árboles por un monocultivo de una planta que les sirva de alimento a las mariposas, se reforzará aún más esa condición.

 

Los seres humanos hemos ido eliminando paulatinamente todos los mecanismos naturales que en algún momento regularon nuestro impacto sobre los ecosistemas que ocupamos, con lo cual nuestra especie ha adquirido no solamente la condición de plaga, sino de la más destructiva de cuantas plagas han existido o existen hoy sobre el planeta.

 

En primer lugar, hemos acabado con casi todos los "enemigos naturales" que amenazan nuestra existencia (aunque, como ya vimos, en los ecosistemas naturales, si bien unas especies constituyen una amenaza para los individuos de otras especies, en términos más globales contribuyen a la supervivencia de la especie que les sirve de presa). Los pocos seres vivos que podríamos considerar nuestros "enemigos naturales" se encuentran a nivel de microorganismos (virus y bacterias). Los científicos siguen trabajando para eliminar, o por lo menos para controlar, esos "enemigos naturales", por ejemplo mediante la búsqueda de una vacuna contra la malaria o contra el SIDA, o de medios para combatir estafilococos y otros microorganismos que constituyen un dolor de cabeza para nuestra especie.

 

En segundo lugar, hemos logrado que no existan ni ecosistemas ni condiciones ambientales completamente vedadas para nuestra especie: los seres humanos hemos conquistado los polos, los trópicos, las zonas costeras de distintas latitudes, los desiertos, y comenzamos a aventurarnos en el espacio exterior y los fondos oceánicos. Si bien el espacio exterior y los fondos oceánicos todavía no están habitados de manera permanente por los seres humanos, sí es notorio el impacto que sobre los mismos causa la actividad de nuestra especie. Alrededor de la Tierra giran en este momento varios cientos de toneladas de chatarra espacial.

 

En tercer lugar, hemos logrado liberarnos de los mecanismos mediante los cuales la selección natural limita las posibilidades de supervivencia de los individuos "menos aptos" desde el punto de vista estrictamente biológico, al igual que hemos logrado superar –y seguimos superando- la "esperanza de vida" de los seres humanos. Y si bien es cierto que un porcentaje muy alto de la población humana vive por debajo de los límites de la pobreza, lo cual se traduce en condiciones de hambre, también lo es que dicha hambre no se debe a que nuestra especie no esté en condiciones de producir todos los alimentos que necesitamos, sino a que ni los recursos están equitativamente distribuidos, ni a nivel global los mercados tienen como prioridad la satisfacción de las necesidades humanas, sino la protección de los intereses económicos de unos pocos productores e intermediarios. Por eso vemos que con frecuencia en los países "desarrollados" – y algunas veces en el nuestro– se destruyen alimentos "sobrantes" para conservar elevados sus precios. En términos teóricos, la humanidad podría producir los alimentos que necesitarían aún el doble o el triple de sus habitantes actuales. Otra cosa es el impacto sobre el planeta que esa producción implicaría y las posibilidades reales de mantenerla en el largo plazo, es decir, de llevarla a cabo de manera sostenible.

 

En cuarto lugar, la población de nuestra especie se incrementa cada vez más rápido. "En la actualidad la población mundial asciende a unos 6.000 millones de seres humanos. Si el periodo de duplicación se mantiene constante, dentro de 40 años (hacia el 2.040) habrá 12.000 millones; dentro de 80, 24.000 millones; al cabo de 120 años, 48.000 millones... Sin embargo, pocos creen que la Tierra pueda dar cabida a tanta gente."

 

En quinto lugar, ninguna especie ha tenido la capacidad de impacto sobre el ambiente (no sólo a nivel local sino también global), que ha alcanzado la tecnología humana en sus efectos tanto directos e intencionales, como indirectos o accidentales. Para citar sólo unos cuantos ejemplos, en pocas décadas hemos deteriorado la capa de ozono que filtra las radiaciones ultravioleta procedentes del sol, y que la vida tardó cerca de dos mil millones de años en formar. El fenómeno del calentamiento global, producido por la contaminación humana sobre la atmósfera terrestre, ha agudizado la capacidad destructiva de huracanes y tornados, así como de otros fenómenos naturales como El Niño y La Niña.

 

Hoy es un hecho la posibilidad de manipular los códigos genéticos de los seres vivos, incluidos los seres humanos, con consecuencias todavía impredecibles para el futuro del planeta y de la especie. Poseemos la capacidad tecnológica para transvasar aguas de unas cuencas a otras, para crear nuevos elementos químicos, para extraer la energía encerrada en los átomos, para desecar zonas costeras y humedales, para extraer cualquier mineral o sustancia encerrada en la corteza de la Tierra, ya sea en la superficie o en el fondo del mar.

 

No sabemos, en cambio, qué hacer con una gran mayoría de los desechos que producen todos esos procesos en que se materializa el "desarrollo" y que cada día invaden de manera más agresiva los suelos y subsuelos, la atmósfera y los cuerpos de agua, además del - hasta hace pocas décadas todavía incontaminado- espacio exterior. Refiriéndose a la pérdida de la reciprocidad en la relación entre la comunidad humana y los ecosistemas que ocupamos, afirma Thomas Berry que "lo que ocurre ahora y el origen de nuestra tragedia (ecológica), es nuestra negativa a devolver lo que se nos ha dado; el sistema industrial es un esfuerzo para evitar la devolución, el precio de nuestras comodidades actuales. Tomamos de la Tierra sin darle. Así de simple. Tomamos recursos y devolvemos productos venenosos."

 

En sexto lugar, la cultura, que antes sustituía en la sociedad humana los mecanismos de autorregulación que rigen en los ecosistemas naturales, a través de creencias y conductas como los mitos y los ritos que los materializaban, o del animismo de las llamadas "religiones primitivas" (que reconocía el carácter sagrado que poseen todos los seres que comparten con nosotros el planeta), hoy está cada vez más al servicio de nuestra condición de plaga. Desde el hecho mismo de que carezcamos de una cosmovisión totalizante que nos permita aprehender el universo como un todo y descubrir el papel y la posición del ser humano dentro de esa trama compleja que es el cosmos, hasta el desconocimiento de los derechos de otras especies animales y vegetales, derechos inherentes a su condición de seres vivos, independientemente de que sean o no "útiles" a los intereses (especialmente económicos) de los seres humanos.

 

Nuestra cultura refuerza, a través de la mayor parte de sus expresiones, la convicción de que los seres humanos constituimos la razón de ser y el fin último de este planeta que ocupamos y explotamos. Hemos perdido la consciencia de las interacciones y de las mutuas dependencias entre unas especies y otras y entre los seres vivos y los demás elementos que conforman el ambiente. Como ya indicamos, los científicos sospechan con altas probabilidades de certeza, que la vida ha logrado evolucionar hasta formas tan complejas como la sociedad humana, gracias a la presencia del planeta Júpiter en su órbita. Saben, por ejemplo, que la vida aeróbica de la Tierra depende para su existencia de la sanidad del fitoplancton (plantas microscópicas en suspensión) que habita en las aguas marinas y que a través de la fotosíntesis genera la mayor parte del oxígeno que respiramos. Las ciencia sabe también que la estabilidad de la temperatura de nuestro planeta, depende de la capacidad de las selvas tropicales para regular, también por medio de la fotosíntesis, la cantidad de gas carbónico presente en la atmósfera terrestre. Así mismo, se sabe que en la biodiversidad de las selvas tropicales existen los principios activos capaces de curar muchas de las enfermedades conocidas, así como posiblemente enfermedades que todavía no se conocen o que todavía no existen, pero que, al paso que vamos, para cuando aparezcan, ya habremos destruido la farmacia natural que contiene las sustancias capaces de curarlas.

 

Como nos hemos hacinado en ciudades aparentemente independientes de los condicionamientos de la naturaleza, hemos olvidado nuestra dependencia de los ciclos estacionales, e incluso de la necesidad del día y de la noche. La disponibilidad de luz artificial nos ha hecho olvidar que la oscuridad cumple una función tan esencial para la diaria revitalización de la vida, como la función que cumple el sol como fuente de energía lumínica y de calor.

 

En lugar de maravillarnos ante los prodigios más tangibles del cosmos –de un cosmos que comienza en nuestros propios cuerpos y de cuya milagrosa voluntad de vida nosotros, los seres humanos, somos una expresión tangible, concreta e inmediata -, en vez de reconocer las más evidentes interdependencias que nos vinculan con otras especies y con otros seres que comparten con nosotros desde nuestro hábitat más inmediato hasta esa "comunidad sagrada" que es la biosfera, nos extasiamos ante la posibilidad de improbables dependencias, dictaminadas por "ciencias" ocultas y dudosas. Estamos tan obnubilados por las posibilidades de lo sobrenatural, que hemos perdido la capacidad para reconocer los milagros cotidianos que nos ofrece la naturaleza, incluyendo el milagro de existir. Como afirma el escritor colombiano Arturo Guerrero, "solemos añorar al medio día las estrellas, sin advertir que el sol es una de ellas".

 

Todo lo anterior determina que no solamente actuemos, sino que además pensemos como plaga.

 

Nos abrogamos los derechos de vida y de muerte, y de extinción y de existencia, sobre las demás especies vivas y sobre los demás elementos del entorno, y nos consideramos la única razón de ser de este planeta, hasta el punto de eliminar todo cuanto pueda constituir un obstáculo para nuestra prepotencia y de construir múltiples discursos filosóficos y aparentemente "éticos", para justificar nuestro derecho a explotar otras formas de vida o a destruir sus hábitats.

 

Pero al mismo tiempo nos olvidamos del carácter sagrado de toda vida humana, del valor de cada individuo como manifestación del universo, como expresión de la "comunidad sagrada". Esta afirmación no es mera retórica, en un país como Colombia en donde se asesinan cuarenta mil personas en el año, en donde el secuestro es una industria lucrativa y en donde existen un millón y medio de personas desplazadas, seres humanos arrancados violentamente de sus costumbres, de sus raíces, de su territorio, de su universo simbólico y de su historia. Sólo podemos entender el profundo drama humano de los desplazados, si nos imaginamos que de la noche a la mañana alguien resuelve arrancarnos de raíz de nuestro hábitat, y nos vemos obligados a transplantarnos a un territorio desconocido y hostil.

 

Ninguna otra especie alcanza los extremos de crueldad contra sí misma y contra otras especies de que somos capaces los humanos. Ninguna otra especie es capaz de los horrores del secuestro o la tortura en cualquiera de sus formas físicas o espirituales. Ninguna otra especie se divierte o se enriquece a costa del dolor planificado de otros seres vivos, ni se solaza en la crueldad como la especie humana. Ninguna otra especie propicia como forma de diversión las peleas a muerte entre otras especies, e incluso entre seres humanos.

 

El biólogo Luis Germán Naranjo, al hablar sobre la pérdida de los humedales, describe de manera magistral cómo se ha expresado esa actitud en "la conquista" de los ecosistemas colombianos:

 

"Cuando a pesar de la insistencia de los pantanos por permanecer en donde siempre estuvieron, los nuevos dueños de la tierra reemplazaron los bosques por potreros, el daño ya estaba hecho. Los saberes milenarios ya estaban perdidos y las generaciones que vinieron de ahí en adelante podían edificarse con independencia de una percepción concatenada de las cosas. La identificación parcializada de los fenómenos naturales permitió perpetrar entonces muchas cosas que desde siempre estuvieron proscritas en un mundo en el que todo fluye en relación perpetua. Aprendimos que los caimanes, además de feos, pueden ser peligrosos y resultan buenos convertidos en zapatos. La inutilidad aparente de las garzas y su abundancia ilímite, nos mostraron cuan valiosas podían ser sus plumas en los sombreros de las damas europeas. Y supimos qué tan varonil podía ser amanecer en un pantano derribando patos a tiros de escopeta, así no tuviéramos manera de comernos luego los centenares de cadáveres. Ni qué decir del agua misma: es tan incómoda cuando llena una extensión de terreno que podría ser convertida en plantación de cereales... Por supuesto que el olor de metano no puede indicar nada que no sea malsano. Es más fácil y moderno fumigar con pesticidas químicos o abrir un canal de drenaje, que protegerse de los zancudos con incómodos mosquiteros a la hora de ir a la cama."

 

Nuestra capacidad para la crueldad y nuestro poder destructivo en todas sus expresiones (incluidas tantas manifestaciones perversas de la ciencia, la religión y la política, y muchas aplicaciones nefastas de la tecnología), me hacen sentir avergonzado de pertenecer a la especie humana.

 

 

 

Al igual que sucede con los alcohólicos o con los drogadictos, el primer paso hacia la curación consiste en que adquiramos conciencia de nuestro carácter de plaga y que aprendamos a reconocer el impacto negativo de nuestras acciones y de nuestra manera de concebir el mundo, tanto sobre las demás especies vivas como sobre el planeta entero. Estamos drogados por nuestro antropocentrismo. Más que afirmar que "el hombre es lobo para el hombre", lo cual constituye una injusticia imperdonable con el lobo, debemos reconocer que el hombre es plaga para la Tierra y para el hombre, y que asumamos con todas sus consecuencias la responsabilidad histórica y cósmica que de ese reconocimiento se deriva.

 

Eso que se llama "desarrollo sostenible", que busca la satisfacción de las necesidades de las generaciones humanas actuales, sin afectar la posibilidad de que las futuras generaciones satisfagan las propias, depende de un profundo cambio cultural: es indispensable que la cultura humana recupere su función primordial como sustituto eficaz de los mecanismos naturales de autorregulación, que garantizaban una relación armónica entre la especie humana y la biosfera. Es necesario que la cultura se vuelva a colocar del lado de la vida y que deje de ser un instrumento para justificar e incrementar nuestro potencial para la destrucción y la muerte.

 

 

LA DIMENSIÓN DE NUESTRO DILEMA:

 

¿CÓMO ACTUAR EN FAVOR DEL SER HUMANO SIN ACENTUAR LA CONDICIÓN DE PLAGA?

 

"Necesitamos nuevos principios éticos que reconozcan el mal absoluto del biocidio (destrucción de los sistemas vitales) y del geocidio (destrucción del planeta). Es increíble que seamos tan sensibles frente al suicidio, homicidio y genocidio, y no tengamos absolutamente ningún principio moral para enfrentar el biocidio y el geocidio (...) Lo humano, considerado en algún momento como gloria de la creación, se ve ahora como una fuerza destructiva. Lo humano se ha convertido en el desastre terrenal. Se ha planteado incluso la duda sobre la viabilidad de la especie humana. El asunto no es si el cristianismo u otras tradiciones son o no viables. Las pregunta es la viabilidad de lo humano o, más precisamente, la viabilidad de la Tierra en sus sistemas vitales básicos mientras los humanos existan. Esto requiere una extensa revisión de nuestro pensamiento acerca de todas las instituciones humanas, especialmente las tradiciones religiosas."

 

Thomas Berry c.p.

"Reconciliación con la Tierra"

 

 

Si por una parte, a nivel de especie, nos reconocemos a nosotros mismos como una de las obras maestras del devenir universal e interpretamos la razón humana como una de las formas a través de las cuales el universo es consciente de su propia existencia y se interroga sobre su razón de ser, y si a nivel individual aprendemos a valorar en cada ser humano una expresión única, particular e irrepetible de esa "comunidad sagrada" que es el cosmos, pero al mismo tiempo adquirimos consciencia de nuestra condición de plaga, nos veremos enfrentados a un dilema ético, pues todo cuento hagamos en favor de la especie humana, de su calidad de vida y de su felicidad, lo estaremos haciendo en favor de la plaga.

 

Personalmente no concibo una ética que no tenga como objetivo último mejorar las condiciones de existencia – materiales y espirituales - de los seres humanos. Creo, con el cura Camilo Torres, que "el amor es eficaz o no es amor" y que, así mismo la ética, que es una herramienta del amor, se convierte en acción eficaz a través de múltiples expresiones concretas de la actividad humana: la producción de más alimentos y de mejor calidad para satisfacer las necesidades crecientes de la población; el desarrollo de vacunas y de tratamientos para prevenir y curar enfermedades como el cáncer y el SIDA; la reducción de la mortalidad infantil; la prolongación de la vida en condiciones de calidad y dignidad material y espiritual; la curación de enfermedades congénitas; la gestión de riesgos encaminada a prevenir la ocurrencia de desastres o a reducir las pérdidas y el sufrimiento que producen; la búsqueda de soluciones pacíficas a los conflictos; el desarme de las naciones; la abolición de las armas químicas, biológicas, informáticas y nucleares... Resultaría imposible enumerar todas las formas a través de las cuales varios cientos de miles de seres humanos se dedican y se han dedicado a través de la historia, a trabajar en favor de nuestra especie.

 

Sin embargo, repito, si no logramos cambiar radicalmente la manera como nos relacionamos entre nosotros mismos y con nuestro planeta, todo cuanto sigamos haciendo en favor de los seres humanos lo estaremos haciendo en contra de la Tierra.

 

Aunque a nivel puntual resulte válido que los avances que logremos, por ejemplo, con miras a reducir la pobreza e incrementar las oportunidades de las comunidades marginadas, contribuye a la preservación de los ecosistemas con las cuales éstas interactúan y de las especies no humanas que los habitan, a nivel global esto solamente podrá producir efectos reales en favor de la biosfera, si somos capaces de revertir globalmente el rumbo de nuestra especie como plaga.

 

Como dice el antes citado Thomas Berry, "necesitamos una profunda terapia cultural", una revolución ética que redimensione el sentido de cuanto hagamos en beneficio de la especie humana, para que al mismo tiempo beneficie a la Tierra.

 

Seguramente todo cuanto se afirma en este texto ya ha sido dicho antes. Por eso, lejos de tratar de ser novedosos, la intención al escribirlo es la de recoger y resaltar la vigencia de múltiples aportes del pensamiento humano que nos puedan ayudar a resolver el dilema, especialmente a quienes, como yo, no estamos dispuestos a renunciar a nuestro compromiso con la especie humana, aún a sabiendas de que podemos estar contribuyendo a la supervivencia de la plaga. No me inscribo, pues, en las filas de ese que Umberto Eco denomina "ecologismo místico" según el cual es "necesario (el) suicidio de la humanidad entera, que tendrá que perecer para salvar a la especie que casi ha destruido, la madre Gea a la que ha desnaturalizado y sofocado."

 

Sería inconcebible que renunciáramos a la búsqueda de la cura de las enfermedades que afectan a nuestra especie, que les diéramos la bienvenida a las masacres y a las guerras como medio para reducir la población humana, que impidiéramos - de estar en nuestras manos -, la posibilidad de salvar la vida de un niño enfermo o de prolongar con dignidad la existencia de un anciano, o que dejáramos de trabajar para evitar que los fenómenos propios de la dinámica de la naturaleza se conviertan en desastres para las comunidades humanas.

 

Pero creo sí en la necesidad de un "ambientalismo místico", que nos permita sentirnos uno con el cosmos – con ese cosmos que arranca y tiene su expresión en nuestros propios cuerpos – y que nos permita reconocer y admirar en cada uno de los seres y fenómenos que nos rodean (también partiendo de nosotros mismos), a esa "comunidad sagrada de sujetos" de que habla Thomas Berry.

 

Aunque en algunos momentos pudiera parecer lo contrario, este texto se basa en una actitud esperanzada sobre el futuro de la especie humana y de nuestra capacidad para convivir armónicamente con la Tierra y con las demás especies que, junto con nosotros, conforman la biosfera.

 

En sus diálogos epistolares con Carlo María Martini, Obispo de Milán, Umberto Eco se pregunta si "existe una noción de esperanza (y de propia responsabilidad en relación al mañana) que pueda ser común a creyentes y a no creyentes. ¿En qué puede basarse todavía? ¿Qué función crítica puede adoptar una reflexión sobre el fin que no implique desinterés por el futuro, sino juicio constante a los errores del pasado?"

 

Posiblemente esa esperanza se pueda materializar en una actitud ética y comprometida tanto a nivel de la voluntad como de la razón, basada en la comprensión de la unidad e interdependencia entre todas las formas de vida que habitamos en la Tierra y con la Tierra misma y en nuestra capacidad para sabernos y sentirnos uno con el cosmos.

 

Tenemos en nosotros mismos la posibilidad de la compasión, no entendida con el sentido restringido como la define el diccionario ("Sentimiento de lástima por el dolor o la pena ajena") sino, volviendo a la etimología de la palabra, como la capacidad de compartir la pasión del otro o de la otra, sin que necesariamente ese otro o esa otra tengan que ser seres humanos. Poder sentir en nuestras propias tripas lo que sienten los demás seres que conforman el cosmos, es decir, la senestesia o sentido de ser, a la cual hicimos referencia en párrafos anteriores.

 

Posiblemente la importancia de que los niños convivan desde su más temprana infancia con seres de otras especies (siempre y cuando logren establecer con ellos lazos afectivos y no tratarlos como meros juguetes desechables), radica en que los animales tienen una capacidad infinita para convertirse en nuestros maestros de compasión. Nuestro contacto afectivo con otro animal, nos enseña a entender lenguajes que van más allá o más acá de las palabras y a comunicarnos con otras formas vivas a través de la piel, del lenguaje corporal, de la intuición y del amor.

 

En los siguientes apartes, pertenecientes a un texto clásico pero poco difundido, titulado "Cultura y Ética", Albert Schweitzer define de qué manera la ética debe tener como fin esencial el respeto por la vida, y cómo ese respeto no puede partir sino de la vivencia de unidad entre los seres humanos con todas las demás expresiones de la vida en el cosmos y cómo se debe reflejar en una entrega personal "a la afirmación vital del universo y de la vida":

 

"Todo verdadero conocimiento se convierte en vivencia. Yo conozco la esencia de los fenómenos, pero llego a comprenderla por analogía con la voluntad de vida que existe en mí. Es así que el conocimiento del mundo se transforma en mí en vivencia del mundo. El conocimiento necesario a esta vivencia me llena de respeto ante el misterioso deseo de vida que alienta en todo. Instándome a pensar, y llenándome de asombro, me eleva cada vez más hacia la altura del respeto por la vida.

 

"La verdadera filosofía debe surgir de los datos concretos de la consciencia de existir, los más directos y más comprensivos de la consciencia de la existencia. Esta consciencia nos dice: soy vida con anhelo de vivir, en medio de la vida que anhela vivir. No se trata aquí de una frase rebuscada. A cada instante, su sentido se renueva en mi espíritu. Así como en mi deseo de vivir existe un anhelo hacia la vida trascendente, y hacia esas misteriosas alturas del afán de vivir que se llaman placeres, y al mismo tiempo un terror de la aniquilación por ese misterioso enemigo de la voluntad de vida que se llama dolor; del mismo modo reconozco esas tendencias en la voluntad de vida que me rodea, ya se expresen de manera comprensible, ya permanezcan mudas. La ética consiste por lo tanto en esto: en vivir de acuerdo con la obligación de hacer concurrir en el mismo respeto por la vida toda voluntad de vida con la vida propia. Es así que llegamos al principio fundamental y necesario de la moral: bueno es mantener la vida y socorrerla; malo es aniquilarla y ponerle trabas. Pero este principio fundamental y necesario de la moral no solamente significa una ordenación y una profundización de los conceptos corrientes del mal y del bien, sino también una ampliación de dichos conceptos. Verdaderamente moral es la persona (y únicamente ella) que obedece a la obligación de ayudar a toda vida con la cual se encuentre en contacto, y se niega a hacer nada que sea nocivo a ninguna cosa viviente. Esa persona no se pregunta en qué medida ésta o aquella vida merece realmente su compasión, ni tampoco en qué medida es capaz de sentir. La vida, como tal, le es sagrada. No tiene ningún temor de que se rían de él tachándolo de sentimentalismo. El destino de toda verdad es justamente el de suscitar la risa general antes de ser reconocida como verdad. En otras épocas se consideraba como una estupidez sostener que las personas de color eran verdaderos seres humanos, y debían ser tratadas como tales. Esa estupidez se ha vuelto hoy una verdad aceptada. Hoy se considera exagerado extender la misma consideración a todo objeto viviente, aun a las manifestaciones más elementales de la vida, como existencia de una ética basada en la razón. Pero llegará un momento en que nos asombraremos de que la humanidad haya tardado tanto tiempo en considerar incompatible con la ética el daño que hoy causamos sin reflexionar a la vida que nos rodea. La ética consiste en una responsabilidad ilimitada hacia todo lo que vive.

 

"Si la expresión de respeto por la vida como sentimiento generalizado parece poco viva entre nosotros, hay que reconocer que el sentimiento así expresado es una cosa que una vez que se ha presentado a la reflexión de una persona, no la abandona nunca más. La compasión, el amor, y todos los entusiasmos dignos de encomio se dan en ella. Con incesante vivacidad el respeto por la vida obra de acuerdo con los principios que lo determinan, y se entrega a la actividad permanente, incansable, de una responsabilidad que no se detiene en ningún instante y en ninguna ocasión.

 

"Para mí sigue siendo un doloroso problema el hecho de vivir. Imbuido de respeto por la vida en un mundo donde la voluntad de creación obra al mismo tiempo que la voluntad de destrucción, y la voluntad de destrucción al mismo tiempo que la voluntad de creación. No puedo hacer otra cosa que atenerme al hecho concreto de que la voluntad de vida se presenta en mí como una voluntad de vida que quiere ser una con las demás voluntades de vida.

 

"La ética del respeto por la vida no reconoce ninguna ética relativa. Sólo puede considerar como bueno la conservación y la promoción de la vida. Todo aniquilamiento y todo daño a la vida, sean cuales sean las circunstancias que le dan origen, deben ser considerados como malos. No es mediante una tendencia, impuesta desde afuera, hacia una igualación de lo ético y de lo necesario, que el hombre avanza por el camino de la ética, sino escuchando en sí, cada vez con más claridad, la voz de la ética; dejándose dominar cada vez más por el deseo de mantener y promover la vida, y oponiéndose con siempre creciente decisión a la necesidad de la aniquilación de la vida, del daño a la vida. En los conflictos éticos, el hombre sólo puede recurrir a la decisión subjetiva. Nadie puede decirle, en cada caso, hasta dónde se extienden los límites extremos de la perseverancia en el mantenimiento de la promoción de la vida. Tiene que decidirlo él mismo, por su cuenta, dejándose guiar por la responsabilidad más elevada imaginable hacia la vida ajena. No podemos permitirnos, en ningún momento, caer en la indiferencia. Solamente nos encontramos en la realidad cuando vivimos los conflictos con mayor profundidad. La consciencia tranquila es un invento del demonio.

 

"Solamente cuando se haya vuelto a encender en el hombre moderno el anhelo de volver a ser un hombre verdadero, podrá éste emerger del laberinto en que se ve obligado a vagar actualmente, enceguecido por la tiniebla del saber y el orgullo del poder. Sólo entonces estará en posición de oponerse de manera eficaz a la presión de las relaciones con la sociedad que actualmente amenazan su humanidad

 

(...)

 

Con un sentimiento responsable de la cultura, alzamos la mirada por encima de los pueblos y estados, directamente hacia la humanidad. Para el que se ha entregado éticamente a la afirmación vital del universo y de la vida, el porvenir del hombre y de la humanidad es motivo de preocupación y de esperanza al mismo tiempo. Liberarse, deshacerse de esa preocupación y de esa esperanza, es pobreza; entregarse a ellas es riqueza. Esta es nuestra fe en estos tiempos difíciles: sin saber si llegaremos a conocer el alba de un porvenir mejor, y solamente con la confianza en el poder del espíritu, abrir el camino a una humanidad basada en la cultura."

 

 

 

Tenemos el reto de descubrir de qué manera podemos continuar trabajando en beneficio de la calidad de la vida y de la felicidad de los seres humanos, sin que ello quiera decir que sigamos alimentando nuestra condición de plaga planetaria. Seguramente se requerirá una profunda redefinición de la cultura, a partir de una ética no antropocéntrica sino biocéntrica, es decir, que no conciba el bienestar humano aisladamente –y mucho menos a costa- del beneficio de los demás seres vivos existentes en la Tierra, y de la Tierra entera, considerada en sí misma como un ser vivo, de la cual los seres humanos somos sistema nervioso, senestesia y consciencia.

 

Convertir ese reto en compromiso de vida, y aceptar, en términos de Berry, que el universo no es una colección de objetos sino una "comunidad sagrada de sujetos" de la cual formamos parte, implica clara y expresamente una actitud religiosa frente al cosmos y frente a nuestra propia existencia. Actitud que se alimenta, entre otras fuentes, de la compasión que, como atrás se indicó, consiste en la capacidad para sentir en uno mismo la pasión de otros seres, y que en palabras de Schweitzer, se expresa en que "así como en mi deseo de vivir existe un anhelo hacia la vida trascendente, y hacia esas misteriosas alturas del afán de vivir que se llaman placeres, y al mismo tiempo un terror de la aniquilación por ese misterioso enemigo de la voluntad de vida que se llama dolor; del mismo modo reconozco esas tendencias en la voluntad de vida que me rodea, ya se expresen de manera comprensible, ya permanezcan mudas."

 

 

 

LOS LÍMITES DEL YO: SOMOS NOSOTROS Y

SOMOS EL UNIVERSO QUE NOS RODEA

 

 

 

A partir del momento en que dejamos de considerarnos individuos aislados y comenzamos a comprender que somos expresión y resultado de unos procesos cósmicos, biológicos y culturales que determinan nuestras características y con los cuales continuamos interactuando a todo lo largo de nuestras vidas, nos damos cuenta también de la necesidad de redefinir los límites que marcan la frontera entre nuestro Yo y el mundo circundante, para llegar muy seguramente a la conclusión de que no existen unas fronteras rígidas, sino más bien unos "campos" flexibles, de dimensión variable, que nos conectan con el mundo, que permiten que nosotros penetremos en el mundo para transformarlo, pero que al mismo tiempo hacen posible que el mundo penetre en nosotros y que nos transforme.

 

Como todos sabemos, existen dentro de los organismos animales (incluidos los seres humanos), unas sustancias denominadas hormonas, que regulan el desempeño de nuestras funciones vitales y de nuestros órganos internos. Existen también otras sustancias, llamadas feromonas (que muy seguramente están presentes en el organismo humano aunque no de una manera tan evidente como en otras especies, especialmente de insectos), que no actúan sobre el interior de los organismos que las segregan, sino sobre otros organismos. Una polilla hembra, por ejemplo, segrega feromonas sexuales para atraer a los machos que se encuentran a varios kilómetros a la redonda.

 

Considerando el organismo individual con un lente estrecho y ortodoxo, podemos afirmar que, en efecto, las feromonas operan hacia el exterior del organismo que las produce. Pero si abriéramos más el lente hasta cubrir un Yo ecológico más grande o de mayor jerarquía (en términos de la complejidad de las relaciones que se llevan a cabo en su interior), podríamos afirmar que las feromonas son también hormonas que actúan hacia el interior, pero ya no de un Yo individual, sino de un Yo colectivo, que abarcaría tanto a la polilla que las segrega, como a las polillas del sexo opuesto que resultan influidas por ellas. Es decir, que la polilla que emite las feromonas, y que considerábamos como un todo en sí misma, pasa a convertirse en una parte de un todo o de un Yo colectivo mayor.

 

Si dejamos de pensar en nosotros, entonces, como individuos aislados y nos integramos conscientemente a ese Yo mayor al cual pertenecemos y del cual participamos (la familia, la comunidad, la ciudad, la región, la biosfera, la cultura, la historia...), entenderemos que los derechos y deberes que nos son inherentes en nuestra condición de seres humanos, deben concebirse necesariamente en función de los seres que nos rodean y de la telaraña de múltiples interacciones que nos comprometen.

 

Precisamente a esa "unidad en lo común" hace referencia en su etimología la palabra "comunión".

 

El concepto de ecosistema no solamente comprende el conjunto de especies animales y vegetales que cohabitan en un determinado territorio, y los factores abióticos que también se encuentran presentes allí, sino las interacciones que unen a unos con otros. Y en el caso de la comunidad humana, los procesos históricos y culturales que han determinado que tanto el conjunto social, como cada uno de los individuos que lo conforman, sean como son.

 

La construcción de una ética, sobre la cual se edifiquen nuevos conceptos de civismo y urbanidad y de campesinismo y ruralidad, requiere que en lugar de seguirnos aproximando a los seres humanos como a individuos autónomos y aislados con respecto al resto del planeta, adoptemos una visión de sistemas, o más bien de ecosistemas, que nos permita entender las múltiples interacciones de las cuales depende nuestra existencia y frente a las cuales debemos asumir compromiso y responsabilidad.

 

Esa visión, junto con la de proceso, que nos permite entender el mundo y entendernos a nosotros mismos dentro de él, en función de una dinámica permanente de transformaciones de la realidad natural y biológica, redimensionada después de la aparición del ser humano por una dinámica social y cultural, constituye el punto de partida para la búsqueda de formas de relacionarnos entre nosotros y con la Tierra, que nos permitan seguir disfrutando este planeta, pero liberados de nuestra condición de plaga.

 

Las visiones de sistemas y de procesos, nos hacen conscientes de la responsabilidad que debemos asumir por cada una de nuestras acciones, tanto frente al planeta de hoy, como frente al planeta del cual formarán parte las futuras generaciones humanas. De allí que la "responsabilidad intergeneracional" constituya una de las bases del llamado "desarrollo sostenible".

 

Han sido muchas las ocasiones en las cuales, a lo largo de la historia, el ser humano ha tenido que renunciar a su pretendida posición de centro y razón de ser del universo: primero, cuando Nicolás Copérnico demostró que la Tierra no era el centro del universo sino apenas un planeta girando alrededor del sol. Luego, cuando Charles Darwin demostró que somos el resultado de un proceso de evolución que nos emparenta con las demás especies animales. Después, cuando se demostró que el sol tampoco es el centro del universo, sino un astro de mediano tamaño en una galaxia con cien mil millones de estrellas, que a su vez, resultó ser apenas una más en un universo con cien mil millones de galaxias. Ahora, de unas décadas hacia acá, nos hemos comenzado a dar cuenta de que somos parte de una telaraña de vida que recibe el nombre de biosfera y sin la cual no podemos existir. Pero además, de que en nuestra pretensión de autonomía en relación con las demás formas de vida que comparten con nosotros el planeta, nos hemos convertido en la peor de cuantas plagas hayan existido sobre la faz de la Tierra.

 

Todo esto, sin renunciar a maravillarnos por pertenecer a una especie capaz de descubrir desde esta isla cósmica el tamaño inconmensurable del universo y nuestra propia pequeñez. A una especie capaz de comprender su condición de plaga y que comienza a esculcar en el baúl de sus reservas culturales, en busca de las herramientas para revertir esa condición.

 

 

Así como resultaría inconcebible que en el interior de nuestro propio organismo el hígado, por ejemplo, pretendiera actuar de manera aislada del resto de órganos y de sistemas que conforman nuestros cuerpos, o que el sistema óseo pretendiera que constituye la máxima justificación de nuestro ser, así mismo resulta inconcebible que los seres humanos hayamos pretendido que nuestra existencia y nuestro "desarrollo" se pueden llevar a cabo con desconocimiento de los demás seres y de las interacciones y de los ciclos que conforman la vida de la Tierra. Nosotros pertenecemos a un Yo mayor a nuestra propia individualidad e inclusive a nuestra propia especie, del cual forman parte las plantas que regulan la composición de la atmósfera terrestre, los nacimientos de agua en donde tienen sus raíces las quebradas y los ríos que alimentan el mar, las nubes que contribuyen a la redistribución del agua existente en el planeta, los rayos que convierten el nitrógeno atmosférico en sustancias que la vida pueda utilizar y que participan en la formación del ozono a partir del oxígeno gaseoso producido por las plantas en la fotosíntesis y sin el cual los seres aeróbicos no podríamos existir. Somos parte de un Yo mayor que deriva toda su energía del sol, que a su vez, al igual que la Tierra y que todos los seres que la conformamos, está compuesto por átomos que alguna vez estuvieron en estrellas de generaciones anteriores. Pero además, somos parte y expresión de esa voluntad de vida que se encuentra presente en todo el universo y que se manifiesta en todos los seres que lo componen, desde los microorganismos que contribuyen a la salud de nuestro ecosistema interior hasta las más lejanas galaxias y quasares.

 

 

EL "COMPORTAMIENTO EMERGENTE"

COMO FUENTE DE ESPERANZA Y DE VITALIDAD

 

 

 

 

 

 

En el mundo de la "vida artificial" (en inglés AL por "A Life" o "artificial life"), existe el concepto de comportamiento emergente para hacer referencia a aquellas formas complejas de "conducta" de los sistemas, equivalentes en la naturaleza a los patrones de vuelo de las bandadas de golondrinas o a los patrones de nado de los cardúmenes de anchoas, que no surgen de una programación igualmente compleja e "intencional" (en el sentido de que los elementos que conforman el sistema se programen para ejecutar determinadas maniobras), sino de la interacción reiterada en el tiempo y en el espacio virtual, de varios cientos de objetos (denominados "boids" por "bird objects") cuyo comportamiento se rige por tres simples instrucciones:

 

 

Craig Reynolds (investigador en sistemas complejos de Los Angeles Symbolics Corp.), quien "descubrió" el comportamiento de los "boids", encontró también que sin que existiera una instrucción específica para la población de "boids" como totalidad, y sin importar el punto de partida de los diferentes objetos voladores, éstos se reacomodaban a sí mismos de manera espontánea en forma de cardumen o de bandada (es decir, como una unidad coherente) luego de evadir un obstáculo, lo cual constituyó una sorpresa para los investigadores luego de correr durante varias horas el programa con las tres instrucciones elementales.

 

Al igual que las bandadas de pájaros o los cardúmenes de peces, cientos de "boids" de detienen al mismo tiempo, reducen o incrementan su velocidad, cambian súbitamente de dirección y ejecutan patrones de vuelo que, de buscarse intencionalmente por otros medios, requerirían enormes computadores y cientos de miles de horas de programación.

 

"La simulación comienza con los "boids" distribuidos en la pantalla al azar y espontáneamente se reúnen para formar una bandada. La primera instrucción mantiene la necesaria separación entre los "boids". Las dos últimas determinan la cohesión y la dirección de la bandada."

 

La conclusión principal derivada de los experimentos de Reynolds, es que tanto en el mundo virtual, como en la naturaleza y en la sociedad, es posible que comportamientos de enorme complejidad surjan a partir de la iteración y reiteración de comportamientos individuales muy simples, lo cual permite concretar la esperanza de que el gran rompimiento entre la especie humana y la naturaleza, que nos ha conducido a convertirnos en plaga, se pueda comenzar a transformar a partir de una interacción consecuente y coherente de pequeños y simples cambios en nuestras conductas individuales.

 

"Resulta fácil entender de qué manera se origina un orden emergente a partir de reglas básicas, que luego ascienden para dar lugar a niveles cada vez mayores de complejidad. Intuitivamente se puede ver cómo una acertada selección de normas locales puede llegar a transformar el comportamiento global. Lo difícil es entender cómo a partir del comportamiento global, se pueden llegar a modificar los comportamientos locales."

 

Por eso, a nivel estrictamente de gestión ambiental, se ha entendido que la solución de los grandes problemas ecológicos del planeta tiene que sustentarse en una suma coherente de soluciones locales inspiradas en una misma finalidad. En Colombia, por ejemplo, existen cientos e incluso miles de experiencias locales concretas de manejo ambiental, verdaderas "fábricas de esperanza", muchas de las cuales han sido verificadas y validadas - y perfectamente podrían replicarse adecuándolas a las particularidades de cada región y comunidad -, pero que en la mayoría de los casos no han logrado dejar de ser marginales y en consecuencia insuficientes para impactar de manera definitiva y radical la concepción predominante del desarrollo y los procesos de deterioro que sufren los ecosistemas del país.

 

Al igual que, a estas alturas, tampoco se ven con claridad las soluciones "globales" al problema de la violencia que, como antes se anotó, produce, entre otras consecuencias desastrosas, el desplazamiento de un millón y medio de colombianos y el asesinato casi siempre impune de cuarenta mil personas en el año.

 

Somos conscientes de que tanto a nivel planetario como nacional y regional, solamente podremos dejar a un lado nuestra condición de plaga, si somos capaces de protagonizar un profundo cambio cultural --y digámoslo claramente: espiritual-- que nos conduzca incluso a redefinir los conceptos de religión y de humanidad. Posiblemente el inicio de ese cambio cultural y espiritual sea el catalizador que permita que las experiencias locales exitosas en materia de gestión ambiental y social, adquieran la capacidad de modificar la dirección del desarrollo y de las relaciones entre la naturaleza y la comunidad humana.

 

¿Cómo logró Jesucristo, con doce pescadores descalzos, provocar la derrota del Imperio Romano, si no fue mediante el poder del compromiso, de la metáfora hecha vida, de la convicción y del contagio?

 

Basándose en la idea de gene, el biólogo inglés Richard Dawkins ha forjado el concepto de "meme" para referirse a una "unidad de idea" que, al igual que los virus que son portadores de información genética, posee la capacidad de difundirse por una población y de contagiar una multitud.

 

La primera vez que encontré el concepto de meme en un medio de comunicación social, fue en la revista Time a raíz del suicidio colectivo de los seguidores del líder espiritual de la secta conocida como "Heavens Gate", que condujo a un grupo de norteamericanos primero a la castración y posteriormente al suicidio colectivo, con la convicción de que partirían de este planeta en una supuesta nave espacial.

 

Me parecía que si un meme de muerte había podido contagiar una comunidad, unos memes de vida con absoluta seguridad podrían provocar un comportamiento emergente en beneficio de la vida en la Tierra y en favor de la felicidad humana.

 

¿Qué instrucciones elementales podría seguir cada uno de nosotros, en la confianza de que a medida que se vayan sumando los cambios individuales, surja un comportamiento emergente que se traduzca en una transformación planetaria?

 

A finales de 1998, en un evento organizado por el "Mandato Ciudadano por la Paz" para lanzar el libro titulado "Eclipse de la Guerra", conmemorativo del primer aniversario de las elecciones en las cuales diez millones de colombianos votamos en favor de ese mandato, me atreví a formular la siguiente propuesta:

 

Si solamente uno de cada cien colombianos y colombianas que votamos a favor del "Mandato Ciudadano por la Paz", nos comprometemos a asumir sin arrogancias ni protagonismos esa responsabilidad, tendremos en el país cien mil (100.000) militantes de la esperanza en acción.

 

El cómo hacerlo, el qué hacer, está en una pequeña oración, que a lo mejor por conocida --y en el afán de originalidad de todos cuantos aportamos a esta publicación--, se quedó por fuera del libro que hoy ve la luz en medio de la oscuridad.

 

Ojalá que la memoria del eclipse nos permita redescubrir su profundidad y convertirla en iluminación.

 

Si simplemente nos comprometemos con nosotros mismos, en el ámbito amplio o estrecho de nuestras posibilidades, pero con inquebrantable voluntad:

 

A que donde haya odio pongamos amor;

A que donde haya ofensa, pongamos perdón;

A que donde haya discordia, pongamos armonía;

A que donde haya error, pongamos verdad;

A que donde haya duda, pongamos la fe;

A que donde haya desesperación, pongamos esperanza;

A que donde haya tinieblas, pongamos la luz;

Y a que donde haya tristeza, pongamos alegría;

 

Si no nos empeñamos tanto en ser consolados como en consolar;

En ser comprendidos como en comprender;

En ser amados como en amar;

 

Y si le dejamos a la vida la oportunidad de demostrarnos que dando se recibe, olvidando se encuentra y perdonando se es perdonado, seguramente no vamos a tener que morirnos para resucitar en la vida eterna, sino que nos vamos a convertir en expresiones conscientes de la eterna voluntad de vida que inspira al Universo y en instrumentos activos y cotidianos de esa voluntad.

 

Cien mil militantes de la vida, empeñados en no quedarles mal ni a nuestros hijos e hijas, ni a nuestros nietos ni nietas, ni a los planetas que desvían los cometas de manera que tengamos tiempo para evolucionar, ni a los organismos unicelulares que, aún en contra de las equivocaciones humanas, se empeñan en mantener favorable a la vida la composición de la atmósfera y de las aguas del mar.

 

No en vano esa oración (o como dirían los tecnócratas: ese know—how para los militantes de la vida) proviene del mismo que llamaba hermanas a la Luna y a la lluvia, y hermanos al lobo y al Sol.

 

Esta docena de "instrucciones" que conforman la oración de San Francisco de Asís, no serán tan sencillas como las que hacen volar en complejas bandadas a los "boids", pero tampoco exigen esfuerzos imposibles ni sobrenaturales de quienes asuman con ellas un compromiso vital y cotidiano.

 

En el espíritu de las palabras de Albert Schweitzer que quedaron transcritas atrás, debemos asumir el reto de ampliar el sentido y la intencionalidad de cada "instrucción", al resto de las criaturas que comparten con nosotros – y que son con nosotros –expresiones de la voluntad de vida presente en el cosmos.

 

Seguramente a la posibilidad de que por el poder del contagio surja ese comportamiento emergente, hace referencia Tomás Berry cuando, citando la explicación de Dums Scotus sobre el significado de Cristo, afirma que "el sentido básico de la bondad es que tiende a propagarse. La bondad por definición es compartir, es la entrega expansiva del ser de una persona a otros."

 

Lo cual nos remite a otras etimologías: la de la palabra "misericordia" (misere cordis dare: dar el corazón a los más pobres, entendidos no solamente en sentido económico, sino como todos cuantos en algún momento se encuentran en situación de debilidad o de necesidad material o de afecto); la de la palabra "conspiración" (respirar al unísono); la de la palabra "solidaridad" (que emparenta el concepto de participación con el verbo soldar: convertir una cosa en parte de otra) y la ya mencionada etimología de "compasión" (compartir la pasión o la capacidad de sentir en nuestras propias tripas lo que sienten los demás).

 

 

DE LOS DEBERES PARA CON DIOS

 

"La biosfera es en igual medida, o incluso más, una creación del Sol que una manifestación de procesos terrenales. Las intuiciones religiosas de la antigüedad según las cuales las criaturas de la Tierra, en especial las humanas, eran "hijos del Sol" estaban mucho más cerca de la verdad que las que las consideraban una creación efímera, un producto ciego y accidental de las fuerzas materiales y planetarias... Podemos, pues, contemplar la materia viviente en su totalidad como el dominio peculiar y único para la acumulación y transformación de la energía lumínica del Sol."

 

Vladimir Ivanovich Vernadsky

La Biosfera

 

"Padre Nuestro que estás en los cielos,

Santificado sea Tú nombre, Vénganos Tu reino..."

 

Oración que Jesús enseñó a sus discípulos

 

Así como cada ser vivo, y especialmente cada ser humano, es único, irrepetible y particular, así mismo podemos afirmar que será única, irrepetible y particular su concepción y su vivencia de Dios. Lejos pues de este texto, la intención de imponer una idea sobre algo tan personal y tan respetable en su individualidad como el concepto de Dios, ni mucho menos entablar un debate para tratar de llegar a una conclusión única sobre la esencia de Dios y sobre su relación con los seres humanos y con el cosmos.

 

En estas páginas suscribimos expresamente la idea de Thomas Berry en el sentido de que "el universo es una comunidad sagrada de sujetos, no una colección de objetos" y de que "toda existencia es un modo de presencia divina", lo cual puede conducir, como en el caso de quien esto escribe, a la convicción panteísta de que Dios es el nombre que le damos a la voluntad de vida existente en el universo y de la cual los seres humanos –al igual que todo cuanto existe en el cosmos, incluida la Tierra- somos una expresión; o por el contrario, a la interpretación de las religiones monoteístas, según la cual el universo y todo cuanto éste contiene, es una expresión de Dios, pero que Dios trasciende más allá del universo. Es decir, que Dios creó el universo pero no se confunde con él.

 

Como, por supuesto, existe también la posición, igualmente respetable, de que el universo sí es una colección de objetos y de que no existe en el cosmos nada parecido a lo que, siguiendo a Schweitzer, hemos denominado "voluntad de vida", posición que nos conduciría a pensar que el ser humano sí es un mero accidente evolutivo, cuyo escenario es un planeta que gira alrededor de una estrella insignificante situada cerca al borde exterior de una de las cien mil millones de galaxias que conforman el universo conocido. Lo cual constituye una interpretación "objetiva" sobre el ser humano, pero que nada nos dice en cuanto al significado cósmico de nuestra existencia, si es que lo hay.

 

Decíamos atrás que en términos de espacio y de tiempo reconocemos la insignificancia del ser humano, pero que en términos de su sentido y significado (un ser capaz de reflexionar sobre sí mismo y sobre el universo que lo contiene y que contiene en su propio interior), no podíamos dejar de considerar que cada ser humano es el resultado y la expresión del milagro de la vida, un fenómeno que, si bien desde el punto de vista probabilísitico, afirmamos que debe existir en alguna o en algunas otras partes del cosmos, sólo sabemos con certeza que existe en la Tierra.

 

Y sea la oportunidad para aclarar que cuando utilizamos la palabra "milagro", no necesariamente nos referimos a fenómenos que sólo sean posibles como consecuencia de una voluntad sobrenatural. Todo lo contrario: posiblemente la intención principal de estas páginas sea invitar a reconocer y a reverenciar las multiplicidad de milagros que diariamente nos rodean y de los cuales, nosotros mismos, somos una expresión. ¿Qué más milagroso - pero al mismo tiempo más natural -, que el ciclo fotosíntesis—respiración? ¿No es milagroso que nosotros, los animales, podamos extraer de las plantas la energía del sol gracias al oxígeno gaseoso producido por las mismas plantas mientras convierten en materia orgánica la energía solar?

 

¿Cómo no reconocer como un milagro que a partir de una sola célula, surgida de la fecundación del óvulo materno por el espermatozoide del padre, se forme cada uno de nosotros, con un organismos compuesto por miles de millones de células especializadas en cumplir unas determinadas funciones, pero además capaces de pensar, de amar, de odiar, de imaginar, de interrogar, incluso de errar, esa facultad que nos sigue haciendo superiores a los computadores?

 

Alguien podría afirmar que no tiene nada de milagroso algo que la ciencia pueda explicar. ¿Pero no resulta un milagro que el cerebro humano tenga la capacidad de escrutar los mecanismos que mantienen la vida en la Tierra y que desde nuestra isla perdida en un rincón de la Vía Láctea podamos trazar un mapa del cosmos y aventurar respuestas sobre su origen remoto y sobre su evolución? ¿No resulta un milagro que entre el cerebro y la mano humana, para citar un sólo ejemplo que no deja de maravillarme, hayan logrado que un avión pueda volar y navegar en la oscuridad? No por el mal uso que los seres humanos hayamos hecho de muchas expresiones de la tecnología, ésta puede condenarse de por sí. Por alguna extraña razón, nuestra capacidad para desarrollar la tecnología ha andado mucho más rápido que nuestra capacidad para construir una ética que nos evite convertirnos en plaga y utilizar la tecnología para reforzar esa condición.

 

Me atrevo a afirmar que nuestro principal deber para con Dios no es ni siquiera creer en él --o en Él--, o en ella --o en Ella--, sino, como punto de partida, comenzar a creer en nosotros. Y a partir de nosotros, creer en el universo, pero no sólo en aquel en donde se encuentran las estrellas, sino en ese universo con el cual nos pone en contacto directo y cotidiano nuestra propia piel, tanto hacia afuera como hacia nuestro propio interior.

 

Creer en nosotros y ser conscientes de que nuestra existencia lejos de constituir algo obvio, es el resultado de un proceso que lleva cerca de cuatro mil millones de años, desde que los primeros seres vivos aparecieron en los océanos primitivos de la Tierra.

 

Creer en nosotros y ser conscientes de las miles de funciones complejas que debe cumplir cada uno de nuestros órganos de manera coordinada con los demás para mantener ese estado de bienestar interno y externo que denominamos salud, y del cual paradójicamente sólo somos conscientes cuando nos afecta alguna enfermedad.

 

Para cumplir nuestro principal deber para con Dios podemos incluso negarlo desde el más terco de los ateísmos (cualquier cosa que ello quiera decir), siempre y cuando no cerremos los ojos ante nosotros mismos, ni dejemos de maravillarnos ante la existencia del cosmos.

 

Existen otros deberes secundarios para con Dios. Quizás el más importante sea el deber de no echarle la culpa por las acciones u omisiones humanas que nos conducen al desastre o a la frustración.

 

Ni atribuirle a ese Ser, o a esa voluntad de vida, o a lo que quiera que sea Dios, los defectos y las debilidades humanas, como el deseo de venganza, el sentimiento de ira o las exigencias de adoración y sacrificio sangriento.

 

Y mucho menos, invocar la voluntad Dios para cometer todos los horrores en que los seres humanos han incurrido a lo largo de la historia contra otros miembros de nuestra misma especie, en nombre de "la verdad" y de "la salvación". Desde la vergüenza ante nuestros propios cuerpos y nuestra propia desnudez, hasta los crímenes de las "guerras santas" y la Inquisición.

 

A su manera (no a la manera humana), esa "voluntad de vida" que anima al universo puede exigir nuestra obediencia, lo cual nos conduce a nuestros deberes para con la naturaleza, o más específicamente, a nuestros deberes para con la biosfera.

 

DE LOS DEBERES PARA CON LA BIOSFERA (I)

 

"Considerada en su mayor extensión fisiológica, la vida es la superficie planetaria. Decir que la Tierra es un pedazo de roca de tamaño planetario habitado por formas vivas es como decir que nuestro cuerpo es un esqueleto infestado de células."

 

Lynn Margulis y Dorion Sagan

"¿Qué es la Vida?"

 

Nuestro principal deber con la biosfera es comprenderla no como algo estático, sino como un proceso dinámico, complejo, no lineal, dotado de su propio "orden" (al que por no corresponder necesariamente al concepto humano de orden le damos el nombre de "caos") y de su propia "racionalidad", que tampoco coincide necesariamente con la lógica humana. La biosfera, como ya se sabe, es esa telaraña compleja de seres vivos –bióticos-- y convencionalmente no vivos –abióticos-- y de inter-relaciones entre unos y otros, que hace que la Tierra toda se pueda considerar no solamente como una roca portadora de vida girando alrededor del sol, sino que ella misma, la Tierra, es un ser vivo.

 

Es decir, que nuestro principal deber para con la biosfera es reconocerle su propia entidad (reconocer que existe), su propia identidad (reconocer que existe como un sujeto y no como un objeto) y su propia personalidad (reconocer que existe a su manera, de acuerdo con su propia dinámica y con su propio "orden", y que no puede someterse a la fuerza al orden humano, que además es un orden que varía de una época a otra según la ideología predominante).

 

Después (o antes: no importa), viene el deber de reconocernos a nosotros mismos como parte de esa biosfera, lo cual se expresa no solamente en que nos sepamos y nos sintamos parte de esa telaraña de inter-relaciones que conecta a unos seres con otros, sino que seamos conscientes de las consecuencias directas e indirectas de nuestros actos u omisiones, y que asumamos el correspondiente compromiso y la correspondiente responsabilidad, no sólo a nivel inmediato sino con las siguientes generaciones.

 

Uno de los grandes problemas de las ciudades en términos de adquirir esa consciencia y de asumir esa responsabilidad, es que los efectos nocivos de las acciones y omisiones de los "seres urbanos", se suelen producir muy lejos del lugar en donde las cometemos. Si por ejemplo dejamos abierta la llave del agua sin necesidad, no tenemos a la vista el ecosistema que nutre la bocatoma del acueducto, ni solemos tener en la memoria ni en la imaginación la cantidad de interacciones necesarias para que entre el sol, las nubes, las plantas y el suelo, hagan brotar de la tierra una sola gota de esa agua que desperdiciamos. Así mismo, si arrojamos al tarro de la basura un envase de plástico no biodegradable, no tenemos a la vista los efectos que el mismo va a producir en el suelo durante varios años, a menos que vivamos en cercanías de un basurero o de un relleno sanitario, algo improbable si se pertenece a un sector social de clase media para arriba.

 

Así como sería absurdo pedirle al hígado que no se sintiera parte de nuestro organismo, o permitirle al páncreas, al cerebro o a los pulmones que actuara cada uno por su lado, como si los demás órganos y funciones del cuerpo no existieran, así mismo no podemos seguir considerando que la especie humana está en capacidad de continuar actuando de espaldas a la naturaleza.

 

Thomas Berry afirma que "no hablamos al río, no lo escuchamos. Hemos roto la conversación. Al hacerlo, hemos destrozado el universo (...) Si no escuchamos la voz de los árboles, aves, animales, peces, montañas y ríos, estamos en problemas."

 

Uno de los principios en que se basan los "lineamientos para una política para la participación ciudadana en la gestión ambiental" adoptados por el Ministerio del Medio Ambiente en Colombia en 1998, es la necesidad de garantizar la participación de la naturaleza en las decisiones que la afectan.

 

Dice así el documento citado en la sustentación de este principio:

 

 

"Si bien la sostenibilidad no constituye un objetivo exclusivamente ecológico, sino fundamentalmente humano (económico, político, social-organizativo, cultural, educativo, institucional), tanto por parte de la llamada sociedad civil como del Estado suele dejarse de lado la participación de la naturaleza en las decisiones que la afectan, olvidando que esta constituye el sustrato básico de las relaciones y condiciones ambientales que sirven de base a la existencia y viabilidad de la especie humana sobre el planeta Tierra. Aunque en la mayor parte de las comunidades que conforman la sociedad actual, la naturaleza normalmente no sea escuchada, ésta siempre se hace oír, a veces de manera dramática, mediante los erróneamente denominados "desastres naturales", en cuya raíz se encuentra la reacción de los ecosistemas a las agresiones de que han sido víctimas por parte de la comunidad humana. Así como no puede haber desarrollo sostenible sin la participación activa de las comunidades, tampoco puede haberlo sin la participación activa de la naturaleza. El problema radica en que hoy no sabemos bien cómo garantizar esa participación en la práctica, ni siquiera cómo identificar, oír e interpretar las indicaciones y los mensajes de alerta que nos envía la naturaleza.

 

"La inclusión de este "principio" dentro de los lineamientos para desarrollar una política de participación, ha sido permanente motivo de polémica.

 

"Las implicaciones de hacerlo pueden oscilar desde las más pragmáticas, que interpretan la participación de la naturaleza como la realización de un permanente monitoreo de los cambios de los ecosistemas y de la dinámica de la Tierra, con el objeto de lograr una adecuada gestión de riesgos (cuyo objetivo es manejar las amenazas y reducir la vulnerabilidad de la comunidad para afrontarlas), hasta las más filosóficas (en términos de la llamada "ecología profunda") que buscan que a la naturaleza se le reconozcan personalidad y personería, no solamente como escenario, sino también como sujeto y actor protagonista en la gestión ambiental para el desarrollo sostenible.

 

"La lectura de los ecosistemas, tanto desde la ciencia occidental como desde los saberes tradicionales, es una tarea que ya han emprendido muchos de los actores institucionales y de la sociedad civil que forman parte del Sistema Nacional Ambiental SINA, y constituye una de las razones de ser de los institutos de investigación pertenecientes al sistema. Al igual que la gestión del riesgo es, o debería ser, uno de los objetivos de todos los componentes del Sistema Nacional para la Prevención y Atención de Desastres, estrechamente inter-relacionado con el SINA.

 

"El hecho de que, bajo cualquier nombre, ya se le haya comenzado a reconocer a la naturaleza, en alguna medida, el derecho a participar en las decisiones que la afectan, no invalida la inclusión de este principio en la política, más aún cuando se viene insistiendo en que la participación constituye una variable que atraviesa de manera transversal a todos los integrantes del SINA y a todos los campos y temas de la gestión ambiental.

 

Derivada de los deberes anteriormente mencionados, está nuestra obligación de permitir que la biosfera "fluya" según sus propios ritmos y según sus propia "lógica" que, como ya se dijo, no necesariamente coincide siempre con la lógica ni con las prioridades humanas. Cuando intentamos alterar los ritmos de la naturaleza para ajustarlos a las necesidades humanas, por lo general estamos construyendo las condiciones para futuros desastres. No tenemos por qué someter la naturaleza a nuestros propios afanes, que cada vez son más grandes.

 

Por fortuna nuestra tecnología no alcanzado todavía la capacidad para "controlar" el clima, lo cual, por tratarse de uno de los subsistemas más complejos dentro de ese sistema total que es la biosfera, podría llegar a tener más consecuencias catastróficas que benéficas tanto para nuestra especie como para el planeta del cual formamos parte. Si un incremento mínimo en la temperatura de las aguas del océano Pacífico logra producir perturbaciones globales como el llamado fenómeno de el Niño y su correlativo, el de La Niña; o si, como lo demostró el paso del huracán George por el Caribe y el del Mitch por Centro América, unos pocos grados de más en la temperatura promedio del planeta logran incrementar la capacidad de destrucción de estos fenómenos, imaginémonos lo que podría significar para la atmósfera terrestre que pudiéramos acortar o prologar un verano, trasladar las nubes de una región a otra de la Tierra, o provocar y manipular a voluntad los huracanes, las tormentas o los tornados como armas de guerra.

 

A través de la ingeniería genética hemos logrado intervenir otros sistemas y procesos complejos y caóticos, como son los organismos vegetales y animales, incluidos los humanos, para producir alteraciones puntuales, pero cuyas consecuencias de más largo plazo ni conocemos todavía ni por supuesto controlamos, pero como alguien afirmaba, una vez el genio está fuera de la botella, resulta imposible volver a encarcelarlo. Por eso es urgente que la ética avance más rápido que la tecnología, con el fin de lograr que esas herramientas y posibilidades se aprovechen en beneficio de la vida y no para aumentar el potencial dañino de la plaga.

 

Esa misma inteligencia humana que personalmente me hace sentir tan orgulloso de pertenecer a nuestra especie, está construyendo armas genéticas "inteligentes", capaces de identificar a sus víctimas y de actuar solamente contra quienes presenten unas determinadas características en sus cromosomas: usos de la tecnología que expresan lo peor de la plaga humana, de la cual me siento tan avergonzado de ser parte.

 

En nuestro interés de descubrir nuestros deberes para con la biosfera, citemos nuevamente a Thomas Berry cuando afirma que debemos ser conscientes de que "debe haber igualdad de oportunidades para que las cosas sean lo que son (...) Todo está en la cima de la jerarquía a su manera. Cuando se trata de nadar, los peces están en la cumbre; cuando se trata de volar, las aves; si queremos cosechar duraznos, los árboles; si se trata del ser específico de cada persona, esa persona está en la cumbre; si es el pensamiento reflexivo, los mejores son los humanos. Pero no porque seamos los mejores en un área significa que somos los mejores en términos absolutos. Lo que es mejor en términos absolutos es la comunidad planetaria, la comunidad de especies."

 

Pero al mismo tiempo, debemos ser capaces de reconocer en cada ser individual y en cada proceso, la complejidad de toda la comunidad planetaria. Cada individuo, incluido cada ser humano, es un fractal o resumen cualitativo de la complejidad del universo.

 

 

 

Lynn Margulis y Dorion Sagan, acudiendo a Arthur Koestler, explican ese fenómeno en los siguientes términos:

 

"El filósofo y novelista Arthur Koestler (1905-1983) acuñó el término "holarquía" para la coexistencia de seres menores en conjuntos mayores. Por contra, la mayoría de la gente piensa que la vida en la Tierra es una jerarquía, una gran cadena del ser que culmina en la especie humana. La denominación de Koestler está libre de connotaciones de "superioridad" o de control del conjunto por parte de alguno de sus elementos. Para los constituyentes de una holarquía Koestler reservó la denominación de "holones", que no son simples partes, sino totalidades que funcionan también como partes (...) En su formulación metafísica y terminológica (...) La vida en la Tierra no es una jerarquía creada, sino una holarquía emergente surgida de la sinergia autoinducida de combinación, acoplamiento y recombinación

 

"En realidad todas las especies existentes están igualmente evolucionadas. Todos los seres vivos, desde una célula bacteriana hasta un comisionado del congreso, evolucionaron a partir de un mismo antecesor autopoyético que se convirtió en la célula viva primigenia. El hecho mismo de sobrevivir ya es una prueba de "superioridad". La pausada explosión de la vida, que ha recorrido un tortuoso camino de 4.000 millones de años hasta el momento presente, nos ha producido a todos. La intuición védica de que la conciencia individual es ilusoria y que cada uno de nosotros pertenece a un único sustrato primordial –Brahma- quizá sea correcta en un sentido: compartimos una herencia común, no sólo en cuanto a química sino en cuanto a conciencia, una misma necesidad de sobrevivir en un cosmos cuya materia compartimos, pero que en sí mismo es indiferente a nuestra vida y nuestras preocupaciones."

 

Por último, seamos expresos en algo que ya ha quedado implícito en los párrafos anteriores: cuando nos aproximamos a la biosfera como a un conjunto complejo, indivisible y vivo, para efectos éticos pierde sentido la división entre lo biótico y lo abiótico. Cuando un elemento abiótico, carente de vida, se integra a los procesos de la vida, su condición abiótica se relativiza.

 

Aún quienes puedan abrigar el temor de incurrir en el "animismo", deben reconocer que para efectos prácticos tan vitales para la salud de la biosfera son sus componentes bióticos como sus componentes abióticos, al igual que para la salud del organismo humano son tan importantes los unos como los otros.

 

 

DE LOS DEBERES PARA CON LA BIOSFERA (II)

 

¿SON COMPATIBLES EL DESARROLLO SOSTENIBLE Y LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL?

 

"El triunfo de la economía del mercado libre sobre la estatizada no ha llevado la abundancia a los pobres y el desempleo se ha convertido en una llaga permanente de los países desarrollados. Lo he dicho muchas veces y ahora lo repito : el mercado es un mecanismo eficaz, pero como todos los mecanismos, es ciego : con la misma indiferencia crea la abundancia y la miseria. Dejado a su propio movimiento, amenaza el equilibrio ecológico del planeta, corrompe el aire, envenena el agua, hace desiertos de los bosques y, en fin, daña a muchas especies vivas, entre ellas al hombre mismo. Por ultimo y sobretodo: no es ni puede ser un modelo de vida. No es una ética sino apenas un método para producir y consumir. Ignora la fraternidad, destruye los vínculos sociales, impone la uniformidad de las conciencias y ha hecho del arte y la literatura un comercio. No hay en lo que acabo de decir la menor nostalgia por la estadolatria. El Estado no es creador de riqueza. Muchos nos preguntamos, ¿esta situación no tiene remedio ? Y si la tiene, ¿cuál es ? Mentiría si digo que conozco la respuesta".

 

Octavio Paz

 

 

Uno de los grandes interrogantes de la humanidad en el fin del milenio, versa sobre la compatibilidad (o posibilidad de que coexistan o existan al mismo tiempo) entre el llamado "desarrollo sostenible", a través del cual, según su más conocida definición, se pretende que las generaciones actuales puedan satisfacer sus necesidades sin afectar el derecho de las generaciones futuras a satisfacer las suyas propias, y el modelo económico neoliberal que hoy domina el mundo, basado en una globalización de la economía más allá de cualquier tipo de frontera ecológica, política o cultural, y, por encima de cualquier otra consideración, regulado por las "leyes del mercado".

 

La globalización parte de la base de que la economía constituye un sistema complejo y dinámico, una red de inter-relaciones que conectan entre sí a todos los habitantes del planeta y a estos con su entorno natural y cultural y, en consecuencia, afirma que no pueden existir grupos humanos o países aislados de esa telaraña global.

 

El carácter neoliberal de la globalización determina que dichas inter-relaciones tengan lugar en un escenario de mercado abierto, y que la capacidad para sobrevivir de todos y cada uno de los actores que concurren a ese escenario, depende su "competitividad", es decir, de su capacidad para competir y "sobrevivir" en el mercado. El modelo económico neoliberal adopta para sí, en su más cruda interpretación, los principios de la "selección natural" descrita por Darwin, según los cuales solamente "los más aptos" son capaces de sobrevivir. En este caso, "aptitud" se vuelve sinónimo de "competitividad".

 

Aparentemente el neoliberalismo y la globalización, se fundamentan en "leyes naturales", que trasladan al ámbito de la economía tanto la teoría de la evolución como los postulados de la ecología.

 

Si aceptamos con Thomas Berry que "las tecnologías humanas deben ser coherentes con las tecnologías del mundo natural" , podríamos pensar que la globalización neoliberal constituye una manera de armonizar las actividades humanas con "el pensamiento" de la Tierra y no habría lugar siquiera a plantearse la pregunta que encabeza este capítulo, sobre la compatibilidad entre neoliberalismo y desarrollo sostenible.

 

Sin embargo, como afirmaba un conocido expresidente colombiano, "una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa".

 

Efectivamente la ecología nos ha enseñado no solamente que todos y cada uno de los componentes bióticos y abióticos que formamos parte del planeta estamos interconectados, sino además, que la Tierra toda, en la medida en que está rodeada de una biosfera o telaraña de seres vivos interactuando permanentemente en función de mantener la vida, puede considerarse en sí misma como un ser vivo con capacidad de autorregulación y con consciencia de su propia existencia, y no solamente como una roca inerte portadora de vida.

 

La ecología nos ha enseñado también que la "administración" o "gestión ambiental" del planeta debe realizarse en función de esa globalidad, en la medida en que la biosfera constituye el resultado indivisible de la interacción dialéctica entre todos los ecosistemas de la Tierra, y en que las fronteras políticas entre unos países y otros (bien llamadas por alguien "cicatrices de la historia"), o las fronteras ideológicas o culturales entre grupos humanos, carecen de sentido real.

 

Parecería lógico, pues, que la economía ("administración del hogar") y la palabra ecología ("estudio de las relaciones entre los seres vivos y su ambiente"), que comparten en su raíz el concepto de oikos u hogar, se basen en la misma consciencia de globalidad.

 

Así mismo, podría parecer lógico que la economía, que es una construcción humana, adoptara para sí los mismos criterios de evolución que, según Darwin, han operado sobre y por la vida a lo largo de los casi cuatro mil millones de años que los seres vivos llevamos sobre la superficie de la Tierra, y que la supervivencia de unos o la desaparición de otros se determinara según mecanismos "orgánicos" de selección.

 

¿Por qué, entonces, no solamente se ha planteado a nivel teórico, sino que cada vez resulta más evidente en la práctica la incompatibilidad entre desarrollo sostenible y globalización neoliberal?

 

¿Por qué en el mundo hay un número creciente de ambientalistas –como también de pensadores y de líderes no necesariamente ambientalistas- opuestos a la globalización neoliberal de la economía, cuando la ecología muestra y demuestra el carácter globalizado de todas las inter-relaciones presentes en nuestro planeta?

 

Para intentar responder estas preguntas debemos recordar el origen de la economía.

 

Nuestra especie ha inventado esta "ciencia", la economía, que teóricamente estudia la manera como los seres humanos y nuestras comunidades nos relacionamos con los recursos que nos ofrecen la naturaleza y la misma actividad humana, pero que en la práctica, más allá de explicar, determina, ordena, regula, cómo deben ser esas relaciones.

 

El concepto de "recurso" es creado por la economía, y hace referencia a aquellos bienes o procedimientos a los cuales acudimos para obtener un determinado objetivo, lo cual indica que los recursos constituyen medios y no fines en sí mismos.

 

Es decir, que un ser, un objeto, un proceso "vivo" o "abiótico", incluso una persona o un grupo de personas, adquiere el carácter de "recurso" (con mucha frecuencia oímos hablar de "recursos humanos" y de "capital humano"), en la medida en que es o puede ser útil, directa o indirectamente, para los fines de los seres humanos. Un recurso es algo que nos sirve en un momento y para un fin determinado.

 

Esa utilidad del recurso para los intereses humanos es lo que le otorga a un bien o a un servicio lo que Marx denominó su "valor de uso", mientras que la posibilidad de intercambiar ese bien o servicio por otro, le otorga su "valor de cambio" .

 

Todo bien posee en alguna medida "valor de uso" y "valor de cambio". El café, por ejemplo, sirve para preparar una bebida enervante, aparte de toda otra serie de golosinas ("valor de uso") y además se puede intercambiar por carros, maquinaria pesada y otros productos manufacturados ("valor de cambio").

 

Antes de la llegada de los conquistadores españoles, las culturas que ocupaban lo que hoy son México y Guatemala, utilizaban el cacao no solamente para usos alimenticios y rituales (la palabra chocolate quiere decir bebida de los dioses), sino que también se usaba como moneda, es decir, como medio de cambio.

 

El oro, que para las culturas precolombinas, en su carácter simbólico-religioso, tenía especialmente un "valor de uso" ritual y sagrado (aunque también se podía intercambiar por otros productos), para los conquistadores españoles tenía sobre todo "valor de cambio". El ansia de oro no era por el oro mismo, sino por el poder que podía obtener quien lo poseyera, no en el continente recién "descubierto", en donde era relativamente abundante, sino en la sociedad europea, en donde era signo de poder y riqueza.

 

Desde sus orígenes mismos, la humanidad ha intercambiado unos productos por otros, inicialmente a través de esa forma elemental que es el trueque (que se ha vuelto a imponer en Colombia como consecuencia de la crisis económica). Las comunidades de las cordilleras intercambiaban –e intercambian- productos agrícolas de tierra templada y tierra fría, por productos de la zona costera y en general de tierras cálidas. Y viceversa.

 

Posteriormente se inventó el dinero, cuyo principal valor es el de cambio (aunque a veces puede tener también "valor de uso": una moneda, por ejemplo, sirve para comprar, pero también para echar un "cara y sello" o para aflojar o apretar un tornillo de ranura ancha).

 

Lo cierto es que, desde el punto de vista de la economía, todo ser, objeto o proceso existente en este planeta, debe justificar esa existencia ya sea en función de su "valor de cambio" o de su "valor de uso", y dichos valores se determinan, como ya se dijo, en función directa o indirecta de las necesidades y los intereses humanos. De conformidad con la forma de pensar predominante, la mera existencia de un ser no le otorga derecho a existir. A las especies vegetales cuya utilidad para los intereses humanos ignoramos, les damos el nombre de "malezas", y en consecuencia no solamente nos sentimos autorizados, sino además obligados, a destruirlas.

 

El conocimiento cada vez mayor de la naturaleza y de las interacciones y mutuas dependencias entre los seres que la conformamos, ha ido demostrando la "utilidad" de todo cuanto existe y ha ido creando consciencia sobre la responsabilidad que tenemos los seres humanos frente a otras formas de vida, pero siempre en función de que si permitimos que desaparezcan, en alguna forma, directa o indirectamente, nos perjudicamos. Seguimos siendo tremendamente antropocéntricos en nuestra valoración de otras especies.

 

Para fines prácticos, resulta importante y necesario poder demostrar que todo cuanto existe en la naturaleza nos es útil a los seres humanos, o que nuestra supervivencia depende, de manera directa o indirecta, de la existencia de otros seres y de muchos procesos no "controlados" por nosotros. Es decir, nos vemos en la obligación de descubrir y demostrar el "valor de uso" o el "valor de cambio" de todo cuanto existe.

 

Si hemos perdido la capacidad de establecer relaciones éticas y "compasivas" con esa "comunidad sagrada de sujetos" que es el universo, debemos acudir al utilitarismo de nuestra especie para defender el derecho a existir de otros seres.

 

En otras palabras, debemos demostrar que todo cuanto existe, incluyendo los seres humanos, nos otorga ventajas comparativas para sobrevivir en el mundo del mercado. Que todo puede competir como mercancía o que sirve para incrementar la competitividad de los bienes y procesos que poseen las mercancías.

 

Fundamentamos la necesidad de respetar y conservar la integridad de las selvas tropicales, no por las selvas en sí mismas, ni porque sean expresiones exuberantes de la voluntad de vida que anima al universo, sino porque sin la función reguladora que cumplen sobre la composición de la atmósfera sería imposible la supervivencia de la especie humana, tal y como lo está demostrando el fenómeno del calentamiento global, íntimamente ligado a la deforestación y posterior quema de las selvas del planeta. Y nos sentimos comprometidos con su biodiversidad, no porque constituya una expresión de la "comunidad sagrada", sino porque sabemos o presumimos que en ella existen múltiples recursos para la satisfacción de las necesidades presentes o futuras de la especie humana.

 

Lo cual, por supuesto, es éticamente lícito y válido. Ya anotamos antes cómo sería inconcebible una ética que no tuviera como objetivo último la calidad de la vida y la felicidad humana.

 

Como también resulta válido desde el punto de vista pragmático, que si se trata de sobrevivir en un mundo regido por los principios neoliberales, acudamos a conceptos como el de "servicios ambientales", o al concepto de "ecoturismo", que permiten sustentar en términos de competitividad económica el respeto y la conservación de unos determinados ecosistemas y de las especies y paisajes que los conforman, así como las particularidades de las culturas humanas que forman parte de ellos.

 

O que argumentemos la importancia de no contaminar un río, la atmósfera o el suelo, demostrando que la contaminación es una muestra de "ineficiencia" de los procesos productivos, que redunda en una menor competitividad de los productos en los mercados nacionales e internacionales, especialmente ahora cuando en dichos mercados se exige el cumplimiento de unos determinados requisitos de "gestión ambiental" en su proceso de elaboración. Debe reconocerse que en la gestión empresarial se ha incorporado el concepto de "ecoeficiencia" o "eficiencia ecológica", que forma parte integral de la sostenibilidad de una empresa.

 

Es decir, en muchos casos se puede demostrar que el respeto a la vida (fundamento de la ética) resulta rentable en términos económicos, pero es muy grave que de no poderse demostrar esa rentabilidad, las "leyes del mercado" determinen la extinción de unos seres vivos o de los procesos que encarnan, al igual que la desaparición de determinadas "buenas maneras" o expresiones de la ética, por no resultar "competitivas" en el mundo del mercado.

 

Si, por ejemplo, solamente sustentamos la conservación de la biodiversidad en la medida en que esta nos ofrece ventajas competitivas, ¿qué va a pasar con la misma cuando por intermedio de la biotecnología los países más avanzados puedan sintetizar los principios activos de las plantas que forman parte de la biodiversidad de los ecosistemas tropicales?

 

Por otra parte, en Colombia, si bien es fácil demostrar que los niveles actuales de descomposición que tienen al país al borde del colapso como sociedad organizada --y que en consecuencia hacen de nosotros una comunidad totalmente insostenible--, tienen su causa en la trenza inequidad-corrupción-violencia (expresiones todas, en una u otra forma, de la ausencia de una ética de respeto a la vida), también es posible demostrar que en una comunidad como la nuestra dominada por la corrupción, en términos inmediatos la ética y la solidaridad constituyen un lastre y no una ventaja.

 

Desde ese punto de vista, ese argumento que se expresa en términos de "¿por qué yo no puedo robar si los demás también roban?", resulta difícil de refutar, a menos que podamos ascender unos cuantos escalones en el punto de vista de la discusión ética e invocar un sentido superior de la existencia humana.

 

A riesgo de incurrir en sentencias aparentemente dogmáticas, me atrevo a afirmar que la única salida posible para la crisis colombiana está en la adopción generalizada de una ética de respeto a la vida en todas sus expresiones (capaz de contrarrestar la trenza mencionada), pero reconozco que el principal obstáculo para que ello ocurra está en que, como ya se afirmó, aparentemente en nuestro medio la ética constituye un lastre y no una ventaja para la supervivencia económica inmediata. Necesitamos fórmulas para construir un medio económico y cultural en el cual la ética (y sus distintas expresiones, unas de ellas la compasión y la solidaridad), no solamente sean deseables, sino además posibles de practicar, o al menos en donde la práctica cotidiana no se encargue de obstaculizarlas.

 

Tenemos que tocar el bolsillo de los colombianos demostrando que la ética es rentable (de allí la importancia de conceptos como el de "ecoeficiencia" ya mencionado), pero más allá de cualquier rentabilidad, tenemos que ser capaces de despertar la compasión (capacidad de "compartir la pasión": de sentir en nuestras propias tripas el sentimiento de los demás y el sentimiento del cosmos), la sensación de pertenencia al universo y a sus procesos, y la reverencia hacia esa "comunidad sagrada" de la cual los seres humanos somos expresiones y partes.

 

Para ello, como ya se dijo, es indispensable crear un clima propicio, un caldo de cultivo, una matriz fértil para que la ética eche raíces y prospere, y para que demuestre sus ventajas como fórmula para la supervivencia y la convivencia cotidianas.

 

En un mundo que de labios para afuera rechaza la esclavitud como una forma aberrante de violación de los derechos humanos, los seres humanos (por no mencionar a los demás seres vivos) hemos sido convertidos en mercancías y en objetos con "valor de cambio". Bajo las reglas de juego de la globalización neoliberal, ya no solamente "se extinguen" las actividades económicas que por una u otra razón dejan de ser competitivas, sino las costumbres locales e incluso las culturas cuyos valores y actitudes constituyen un lastre en los escenarios del mercado y, por supuesto, los seres humanos que pierden la condición de rentables. Las empresas despiden a quienes están a punto de cumplir diez años de servicios para evitarse cargas prestacionales impagables. Los gobiernos se ven forzados a eliminar todo tipo de gastos y subsidios que aparente o realmente "distorsionen" el mercado. Los organismos económicos internacionales les imponen a los países la obligación de reducir el tamaño de sus aparatos estatales, lo cual se traduce en el desempleo de varios miles de trabajadores y empleados, y en la disminución en la práctica de los servicios que el Estado les presta a los sectores económicos más necesitados pero "menos rentables".

 

En Colombia, aún los grupos armados que justifican su existencia y sus procedimientos en la lucha contra la inequidad, han convertido a los seres humanos en mercancías, en objetos negociables, y han hecho del sufrimiento una fuente de dividendos políticos y de recursos económicos. Al acudir al terrorismo, al asesinato, a los desplazamientos forzados y a la tortura como formas de lucha (la extorsión y el secuestro son formas de tortura equivalentes a las desapariciones forzadas), lejos de combatir un sistema que degrada la condición humana, legitiman la concepción según la cual los seres humanos no poseen una dignidad inherente a su propia existencia, sino que constituyen "recursos" utilizables en función de unas necesidades de mercado, ya se trate de un mercado financiero, de un mercado de bienes y servicios o de un mercado de propuestas –o de ausencia de propuestas- políticas y sociales.

 

Quien acude al homicidio, a la tortura, a los desplazamientos y al terrorismo como medios de lucha, los está legitimando y está legitimando el derecho de sus adversarios a utilizar los mismos métodos.

 

Pero además está legitimando --porque mutuamente se legitiman unas a otras-- la inequidad, la corrupción y la violencia.

 

Cuando en un noticiero oímos hablar de una persona asesinada, desaparecida o secuestrada; o de un número de víctimas de una masacre o de familias desplazadas (e incluso de otra empresa quebrada o de un punto más en el índice de desempleo), nos olvidamos de que no están hablando de cifras abstractas, sino de seres humanos, y de que detrás de cada uno de esos números no hay una sola sino muchas vidas truncadas, mutiladas, irremediablemente traumatizadas. Hoy estamos viviendo en Colombia las consecuencias de las heridas no sanadas de la violencia de hace cuarenta y cincuenta años, y muy probablemente las próximas dos generaciones tengan que sufrir las consecuencias de la violencia de los años ochentas y noventas.

 

Se necesita que nos pase cerca la guadaña –y ésta cada vez zumba más cerca del oído de todos y cada uno de los colombianos- para que detrás de cada cifra abstracta reconozcamos una tragedia, un rostro y una historia.

 

* * *

 

Por otra parte, debemos preguntarnos: ¿Qué significa en términos cósmicos el concepto de "mercado", tal y como hoy lo concebimos y aplicamos?

 

Si la globalización nos ha impuesto sus reglas y sus condiciones, ya lo dijimos, está bien que como individuos y como comunidades desarrollemos estrategias de "competitividad" que nos permitan sobrevivir y salir adelante en el escenario de una "economía de mercado", pero siempre y cuando esas estrategias no signifiquen el deterioro o la desaparición de seres y procesos que sí tienen significación en términos cósmicos, lo cual, desafortunadamente, es lo que hoy nos está sucediendo.

 

En aras de la supervivencia en esa ficción que es el mercado, en pocas décadas estamos deteriorando sistemas y procesos que le han tomado varios miles de millones de años a la "voluntad de vida" del universo para desarrollarlos.

 

Se suele alegar que a lo largo de la historia de la vida en la Tierra han ocurrido múltiples extinciones masivas de especies animales y vegetales. Sin embargo, eso no nos autoriza a los seres humanos a provocar o acelerar nuevas extinciones por afán de lucro, por ignorancia o por descuido. Lo anterior equivaldría a alegar el derecho a matar a otra persona, argumentando que de todas manera esa persona iba a morirse algún día.

 

El impacto de los seres vivos –y por supuesto de la actividad humana- sobre su entorno, resulta inevitable. Precisamente de las transformaciones que los seres vivos producen en el ambiente y de los cambios a que los mismos u otros seres vivos se ven obligados como consecuencia de esas transformaciones, surge el concepto de coevolución.

 

Pero cuando ese impacto conlleva a la pérdida de la capacidad de autorregulación de los ecosistemas, ellos mismos, o la biosfera como conjunto, se encarga de pasarnos la cuenta. Cuando actuamos como plaga, la biosfera activa sus mecanismos de autorregulación para tratar de deshacerse de nosotros. Eso sí tiene sentido cósmico, al contrario de la ficción del "mercado" que no tiene ni tendrá sentido más allá de unas cuantas centurias de la historia humana. En unas cuantas decenas de generaciones, si nuestra especie ha logrado sobrevivir, la tiranía del "mercado" tal y como hoy lo concebimos y como nos afecta a la mayoría de los seres humanos, será cosa superada.

 

 

La ecología mira las interacciones e inter-relaciones entre los seres de la naturaleza en función del "valor de uso" que tienen para la biosfera y sus componentes, incluida la comunidad humana, pero no limitándose a ella, y mucho menos a una porción privilegiada de ella.

 

La economía mira las relaciones entre los seres humanos y los demás componentes del planeta en función de su utilidad como recursos para la sociedad humana o para la porción privilegiada de la sociedad humana que tiene la capacidad para explotarlos y sacarles utilidad en el mercado.

 

En la globalización económica prima el "valor de cambio" de los seres que conforman el planeta.

 

La globalización, desde el punto de vista de la ecología, mira:

 

La interrelación entre todos los seres y procesos, la unidad estructural de la biosfera como sistema y su unidad funcional como proceso.

 

El intercambio de energía, de información y de materia entre unos organismos y otros, y entre unos ecosistemas y otros.

 

La coevolución o evolución conjunta entre unos seres vivos y su entorno.

 

La selección natural en el sentido post-darwinista del concepto, según el cual el motor de la evolución no fue la competencia aniquiladora sino la simbiosis o cooperación de beneficio mutuo.

 

La globalización desde el punto de vista neoliberal concibe la unidad del mundo en función de un gran mercado. Reduce seres y procesos a la condición de mercancías y servicios cuyo valor de determina en función del mercado.

 

El "valor de uso" de todos los seres y procesos se evalúa en función de su utilidad para el ser humano y en función del mercado.

 

El intercambio de energía y de bienes y servicios ambientales se cuantifica y valora en función del mercado.

 

La selección "natural" se lleva a su estado más burdo en función de la capacidad de competir en un mercado. Sobrevive quien es capaz de competir en el mercado y se extingue materialmente quien no es competitivo.

 

La conservación tiene sentido si contribuye a la competitividad. Se vuelve urgente encontrarle valor a la naturaleza en términos de competitividad para justificar su existencia y conservación. Lo que no se puede vender no tiene derecho ni sentido de existir.

 

Las barreras políticas, ideológicas, culturales e incluso ecosistémicas se derrumban en función de la globalización del mercado.

 

En ecología la capacidad de autorregulación de los sistemas complejos y caóticos que conforman la biosfera –y de la biosfera toda- apunta a la búsqueda de su propio orden en función de mantener las condiciones que permiten la vida en la Tierra.

 

En la visión neoliberal del desarrollo, el concepto de autorregulación se concibe en función de una ficción que se llama "mercado". El mercado es la biosfera de la economía.

 

En la globalización económica la "selección natural" la hace el mercado y no la biosfera. De allí que algunos renglones atrás afirmáramos que la biodiversidad irá perdiendo valor estratégico y valor económico en la medida en que pueda ser sustituida por sustancias manipuladas genéticamente.

 

 

 

DE LOS DEBERES PARA CON LA SOCIEDAD

 

"Todo aquel que crea tener algo que decir sobre el sentido moral individual, posee el derecho de hablar..."

 

Albert Schweitzer

"El camino hacia tí mismo"

 

"Toda ética así concebida, se basa en una misma premisa: el individuo es miembro de una comunidad constituida por partes interdependientes... La ética de la Tierra simplemente amplía el concepto de comunidad para incluir en ella las aguas, las plantas y los animales… En otros palabras, la ética de la Tierra cambia el papel Homo Sapiens, de conquistador de la comunidad terrestre, a un simple miembro de ella. Lo cual significa un nuevo respeto, tanto frente a los demás miembros como frente a la comunidad concebida como un todo.

 

Aldo Leopold

"A Sand County Almanac"

 

Sin pretender ser exhaustivos, ni mucho menos emular las completas listas de deberes que nos presenta el maestro venezolano don Miguel Antonio Carreño en su "Compendio de Urbanidad", nos atrevemos a afirmar que el principal deber que nos compete en nuestra condición, primero, de seres humanos, y segundo, de colombianos, es la transformación de la sociedad de la cual formamos parte, y de la manera de relacionarnos entre la naturaleza y nuestra especie. Es decir, el deber de redefinir las relaciones de convivencia –o más bien: de no convivencia-- que hoy existen, entre los seres humanos, y entre nosotros y la biosfera.

 

Nosotros no somos meros espectadores, sino actores activos de la crisis planetaria y de la crisis colombiana. Así haya claramente unos actores y sectores con mayores responsabilidades que otros, todos, en una u otra forma, tenemos algo de culpa, pero también la posibilidad de hacer algo para aprovechar las oportunidades constructivas de la crisis.

 

Para nosotros los colombianos y las colombianas, en concreto, la búsqueda de nuevas formas de relacionarnos entre nosotros y con el medio, y el compromiso vital y responsable con una ética de respeto a la vida en todas sus expresiones, no constituye una inquietud teórica sino un imperativo de supervivencia. O comenzamos de manera inmediata y cotidiana, a partir de cada uno de nosotros mismos, a practicar esa ética y a convertirnos decididamente en sus vectores, o nos convertimos en cómplices y promotores del desastre.

 

Algunas páginas atrás hablamos del comportamiento emergente como fuente de esperanza y de vitalidad. Mencionamos cómo, si bien es cierto que ni una voluntad ni una actitud aisladas, son suficientes para modificar el rumbo de unas crisis de la magnitud de las que enfrentamos y protagonizamos en el mundo y en Colombia, también lo es que una suma sinérgica de acciones individuales y locales, capaces de desencadenar procesos complejos, sí puede producir un impacto significativo en términos de transformación de nosotros mismos y de nuestro entorno.

 

Propusimos allí una docena de "instrucciones" sencillas, tomadas de la oración de San Francisco de Asís, con la certeza de que si un número significativo de personas adoptan la decisión de convertir su propia existencia en una militancia activa en favor de la vida --y orientada por una ética de respeto a la vida en todas sus manifestaciones--, la interacción reiterada de esas personas entre sí y con los demás seres humanos con los cuales cada uno tiene contacto, puede desatarse, desde la base misma de la llamada "sociedad civil", un proceso con vida propia y con enorme capacidad para transformar positivamente la realidad circundante.

 

Más que un activismo febril, se requieren compromiso personal y claridad sobre el propósito ético de la transformación que esperamos.

 

Tomemos prestadas nuevamente las palabras de Schweitzer:

 

"Estoy seguro, no dudo, de que la humanidad podría ser capaz de este cambio de orientación, siempre que nos decidiéramos de una vez a comportarnos como seres pensantes. Tiene que surgir un nuevo Renacimiento, mucho más grande que el Renacimiento que nos permitió emerger de la Edad Media; el gran Renacimiento, gracias al cual la humanidad descubrirá que la ética es la verdad más alta y el fin más elevado, y podrá liberarse del miserable sentido de la realidad en que se arrastra actualmente."

 

"Comportarnos como seres pensantes" quiere decir adquirir consciencia de nuestra doble y simultanea condición de "obras maestras del cosmos" y de componentes de la "plaga planetaria".

 

Ser conscientes de nuestra obligación de no dejarles como herencia a nuestros hijos una realidad de descomposición y de violencia como la que nos está tocando vivir, sin excepción, a todos los habitantes de Colombia.

 

Reconocer la oportunidad de convertir cada hecho cotidiano en motivo de reflexión y aprendizaje.

 

Descubrir en cada acto el sentido y la posibilidad pacificadora de palabras como respeto, tolerancia (entendida en un sentido activo como valoración de la diferencia), diálogo, humildad, benevolencia...

 

Incluso de conceptos más colectivos como justicia y equidad, participación y democracia, pero que tenemos que comenzar a llenar de sentido en las relaciones con nosotros mismos, con nuestras compañeras o compañeros de vida, con nuestras familias, con nuestros amigos, con nuestros adversarios. Y por supuesto, con los seres no humanos que comparten con nosotros el planeta.

 

Adquirir consciencia de nuestra posibilidad de contribuir a hacer más feliz la cotidianidad de los demás, y de nuestra obligación de comprometernos con la construcción de una sociedad más equitativa, sin necesidad ni de grandes hazañas ni de inversiones faraónicas. La complejísima meta de la felicidad, puede surgir de una suma sinérgica de pequeños actos de solidaridad, motivados por un compromiso profundo con la ética.

 

Así como San Francisco de Asís resume el qué hacer en una docena de frases, la escritora caucana Matilde Espinosa nos hace caer en cuenta sobre "los ocultos dones" encerrados, según sus propias palabras, en "ese mundo que llevamos por dentro". Dones que tenemos la obligación de poner al servicio de la felicidad planetaria:

 

Saber callar

en el instante mismo de la pena

cuando los labios – roto temblor –

entierran la palabra y el sollozo.

 

 

 

No recordar el nombre

De quien alguna vez

Nos hizo daño.

 

Ignorar la mirada

Que te empaña la hora

De un transparente día.

 

Dolerte de la bestia

Pequeña y extraviada,

dolerte de su sed.

 

Abrirle espacio puro

Al pájaro que equivocó su vuelo

Y tropezó en tu espejo.

 

Escuchar a los niños

Como si fueran viejos

Y tomar sus palabras

Con el gozo infantil

De un recodo lejano.

 

Saber llegar a tiempo

Y colmar de esperanza

La ansiedad del que espera.

 

Entender las criaturas

Sabiendo que sus gestos

Son el lenguaje claro

Que nos descubre el mundo

Que llevamos por dentro."

 

 

DE LOS DEBERES PARA CON NOSOTROS MISMOS

 

"Cuando ya nos estaban creciendo las alas, cuando aprendíamos a hacer bromas con los dioses y a montar en las espaldas de los gigantes, cuando gracias a la desnudez las flores nos crecían como musgo sobre la piel ¡zas!, sucedió la famosa caida, que nadie ha sabido explicar, y entonces quedamos desamparados en medio de la muerte y el recuerdo de esa vida, que sí era vida. Desde ese día de la lejana época glacial, la especie nuestra ha arrastrado una pesada prehistoria de doce mil años, durante la cual de los ángeles únicamente nos quedaron memorias celulares, improntas de plumas en la piel y, eso sí, fiebres lunares de deseo. Para no perecer como bestias hambrientas, hace dos siglos los europeos proclamaron una declaración de los derechos del hombre, en la que se nivelaban por lo bajo las ansias de una humanidad llamada a más. Claro, eran asuntos de la época exigencias de la infra-realidad en la que hasta el momento –y todavía hoy- transitaban los desterrados compañeros de los héroes (...) Los nuevos derechos del hombre son los eternos derechos del ángel y por lo tanto los verdaderos derechos del hombre. Se pueden resumir en uno sólo: el derecho a la utopía. Al fin y al cabo, nuestra esencia última es el deseo infinito, como dice Octavio Paz comentando la siguiente lapidaria sentencia del poeta William Blake: Menos que todo no puede satisfacer al hombre".

 

Arturo Guerrero

"La proclamación de los derechos del ángel"

 

 

Nuestro principal deber para con nosotros, es sentirnos parte de nosotros mismos.

 

Decíamos al arrancar este texto, que tenemos el reto de generar los sentidos de participación y de unidad partiendo de nosotros mismos. De nuestra consciencia de que somos uno con nuestros cuerpos, con nuestros espíritus, con nuestras mentes y con nuestras almas.

 

Allí colocamos los cimientos para los sentidos, igualmente importantes y necesarios, de identidad y pertenencia. Y por supuesto, para los sentidos de propósito colectivo y de trascendencia que le otorgan significado a nuestra existencia en función de los organismos más complejos de los cuales cada uno de nosotros es parte: la familia, el barrio, la comunidad, la ciudad, la región, el país, la especie, la biosfera... el universo entero. Pero también en función de los microorganismos que nos habitan, y para los cuales nuestros cuerpos son el cosmos.

 

El deber de descubrir, de llenar de significado y de alimentar (y volver parte de nosotros) esos sentidos de identidad, de pertenencia, de propósito colectivo y de trascendencia que aquí hacemos figurar como "deberes para con nosotros mismos", igualmente hubiera podido haber quedado entre los "deberes para con la sociedad", o "para con la biosfera", o "para con Dios". Y así mismo, cualquiera de los deberes que dejamos bajo esos subtítulos o sobre los siguientes, hubieran podido quedar como "deberes para con nosotros mismos".

 

El fundamento de la ética basada en el respeto a la vida es, precisamente, el sentido de unidad funcional y estructural de todos los seres vivos. Lo que Schweitzer describía como "la obligación de hacer concurrir en el mismo respeto por la vida toda voluntad de vida con la vida propia."

 

Tenemos con nosotros mismos y con nuestra especie el deber de reconocernos como "obras maestras de la evolución", como fractales del cosmos. Como lo indicábamos en uno de los capítulos iniciales, cada ser humano es un universo único, singular, irrepetible. En cada uno de nosotros existen los logros de la vida a lo largo de cerca de cuatro mil millones de años de existencia en el planeta Tierra. Cada uno de nosotros posee en la cabeza un cerebro, con tanta neuronas como estrellas hay en la Vía Láctea, pero conectadas entre sí de manera que, en términos del astrónomo Timothy Ferris, conforman la estructura más compleja que se conoce en el cosmos.

 

Pero al mismo tiempo, también lo dijimos, tenemos el deber con nosotros mismos, con la sociedad, con Dios, con la biosfera, de reconocernos como componentes de la más destructiva de cuantas plagas hayan azotado alguna vez nuestro planeta.

 

Y tenemos, por supuesto, el deber de la supervivencia como especie, que depende de que seamos capaces de seguir en este planeta, para lo cual tenemos que encontrar la manera de eliminar los comportamientos que nos convierten en plaga.

 

Tenemos el deber de conocernos y de conocer nuestras potencialidades. Muy seguramente muchas de las claves para descifrar el universo se encuentran en nosotros mismos, en algún pliegue inexplorado de nuestros propios cerebros.

 

Cuando uno adquiere un aparato electrónico o un carro, le entregan un "Manual del Propietario" que le enseña tanto los cuidados que debemos observar para su mantenimiento adecuado, como la manera de aprovechar al máximo ese artefacto. Sin embargo, cuando nosotros nacemos y luego a medida que "nos criamos", nadie nos enseña a fondo ni los cuidados que tenemos que tener con nosotros mismos --el respeto que nos merecemos--, ni mucho menos todas nuestras posibilidades como seres humanos y como fractales del Universo. La educación no nos enseña a reconocernos como expresiones tangibles del milagro de la vida en el cosmos.

 

Por el contrario, nos llenamos de datos fragmentados. A pesar de que la ciencia ha alcanzado un minucioso conocimiento de la fisiología, que si nos lo transmitieran desde la escuela nos permitiría entablar un diálogo permanente con nosotros mismos, con nuestros cuerpos y con los procesos inherentes a nuestra condición de seres vivos, gastamos decenas de horas memorizando los nombres de los "repuestos" ajenos, de los cuales nos queda la impresión de que están hechos nuestros cuerpos: las trompas de Falopio, la cisura de Silvio, los glomérulos de Malpighi, el canal de Eustaquio, el talón de Aquiles, etc., etc. No solamente estamos parcelados, sino que cada parcela ya tiene propietario.

 

Tenemos el deber y el derecho de aprender una fisiología que no solamente nos enseñe cómo funcionan nuestros cuerpos de la piel hacia adentro, sino también cómo funcionamos de la piel hacia afuera como parte de esos organismos de mayor holarquía de los cuales somos parte. ¿Qué pasa con el aire cuando respiramos, cómo transportan el oxígeno los glóbulos rojos, cómo se produce la combustión en nuestros músculos, cómo exhalamos vapor de agua y gas carbónico?, pero también ¿cómo otros componentes de la biosfera producen el oxígeno que aspiramos o absorben el gas carbónico que devolvemos? La ecología se convierte, entonces, en la fisiología de esos organismos de mayor jerarquía organizativa.

 

Es decir, hacer de la construcción y comprensión de ese "Manual del Propietario", el principal objetivo de la educación que recibamos o impartamos.

 

En alguna medida, todas las asignaturas escolares pueden desarrollarse a partir de nosotros mismos como partes de diversas realidades: la ecológica, la geográfica, la histórica, la cultural en todas sus expresiones...

 

Que todo lo que nos ayude a conocer el mundo nos sirva para conocernos a nosotros mismos, y que todo conocimiento sobre nosotros mismos nos haga más conscientes del cosmos.

 

No podemos olvidarnos del deber para con nosotros mismos, de aprender a utilizar todos nuestros sentidos al máximo: tanto los sentidos "oficiales" (el oído, el olfato, la vista, el gusto y el tacto), como los sentidos marginados y vedados, como la intuición, la compasión (aprender a sentir la pasión de otros seres en nuestra propias tripas), la senestesia (el sentido de ser en sus acepciones de sentir, de dirección y de significado). Sentidos que no pertenecen a dimensiones "sobrenaturales", sino que nos abren la puerta hacia dimensiones naturales pero vedadas, tanto de nuestra naturaleza humana como del universo circundante.

 

Incluso a nivel de los sentidos "oficiales" no utilizamos al máximo todas las posibilidades: en nosotros la vista ha sido tan contundente, que ha relegado los demás sentidos a un segundo plano. Y aún así, muchas veces nos limitamos a mirar, pero no vemos. Somos incapaces de percibir señales evidentes que de manera permanente nos transmite el cosmos. Miramos las nubes, las plantas, o a otros animales, incluso a otros seres humanos, pero no vemos sus mensajes...

 

Ni qué decir del olfato y del tacto, quizás los sentidos más vedados. Si bien no tenemos la capacidad de los perros para "ver" con el olfato, sería mucho mayor el conocimiento de nosotros mismos y del cosmos si aprendiéramos a olfatear y a descifrar todos los mensajes que nos llegan (o que nosotros mismos transmitimos) en forma de olores.

 

Aprender a tocar, a comunicarnos con el tacto, a descubrir en y con la piel, tanto texturas como significados...

 

A escuchar: a reconocer todos los universos encerrados en eso que descartamos como ruido.

 

A decir la palabra correcta –o a saber callar- en el momento necesario (volvamos a leer el poema de Matilde Espinosa).

 

Tenemos en nosotros tantas posibilidades para comunicarnos de manera permanente con nosotros mismos y con el cosmos, y sin embargo nos aislamos. Somos unos analfabetos con respecto a nuestros propios poderes para la exploración del cosmos.

 

Acudimos a las drogas en busca de universos anhelados, como quien acude a un frasco de "jugo de naranja" en polvo, a pesar de tener al alcance de la mano un árbol repleto de naranjas jugosas.

 

En el mundo ha prosperado el lucrativo negocio del narcotráfico (en el cual se encarna el irrespeto por la vida tanto como en el negocio de las armas), alrededor de la comercialización de unas sustancias que imitan pobremente las que nuestros propios organismos producen, y a las cuales, si nos conociéramos a nosotros mismos, podríamos tener acceso inmediato y sin riesgos ni para la sociedad, ni para el cuerpo, ni para el alma.

 

Matamos y nos hacemos matar por unos universos ilusorios en polvo, mientras en nuestros cerebros tenemos árboles repletos de endorfinas, cuya existencia ignoramos y que, en consecuencia, tampoco podemos aprovechar con todas sus posibilidades.

 

* * *

 

 

No importa cuán avanzada esté la ciencia humana ni cuán poderosa haya llegado a ser nuestra tecnología, seguimos siendo animales. La manera de nacer y la forma como fuimos engendrados y concebidos, la certeza de la muerte, nuestra vulnerabilidad ante los "agentes patógenos" y en general ante el ambiente, nuestros procesos orgánicos, nuestra necesidad de alimentos y de agua, nuestra atracción hacia seres humanos del sexo opuesto (y en algunos casos del mismo sexo), todo nos recuerda a cada instante nuestra condición irrenunciable de animales.

 

Tenemos para con nosotros mismos el deber de reconocernos como animales, de aprender a valorarnos y a educarnos como el cuerpo que somos.

 

En Colombia se ha avanzado a grandes zancadas en los últimos años en materia de educación sexual (aunque no tanto en materia de "educación sensual"), y se ha logrado recuperar para la vida lo que antes se encontraba prisionero en el tabú y en el pecado.

 

Esas formas de represión que eran, como toda represión, una forma de violencia, y que habían reducido el concepto de "moral" a un instrumento de represión sobre nuestros propios cuerpos y sobre nuestra misma naturaleza, han ido derrumbándose.

 

Se nos han abierto nuevas posibilidades para el goce de estar vivos, pero tenemos el deber de enriquecer esa libertad con el respeto por nosotros mismos y por nuestra pareja. Con el respeto que surge de sabernos miembros de la "comunidad sagrada", y con la ternura necesaria para encontrar en el coito y la caricia sensual las posibilidades para disolvernos íntegramente en el otro o la otra. Para no convertir al compañero o a la compañera sexual en un trofeo de caza.

 

En términos cósmicos e incluso evolutivos, el sexo es una conquista reciente de la vida. Así como los seres vivos nos inventamos la respiración hace unos dos mil millones de años para sobrevivir en un atmósfera cargada de oxígeno gaseoso y para mejorar nuestra eficiencia en la extracción de la energía solar encerrada en la materia orgánica, así nos inventamos el sexo hace unos mil millones de años para garantizar la diversidad de la vida. Si el rito de la respiración nos conecta con ese proceso evolutivo del cual nosotros somos expresión y parte, también el rito del sexo nos conecta con la voluntad de vida que existe en el cosmos.

 

El sexo es una de las expresiones del afán de perpetuarse y de diversificarse de la "comunidad sagrada".

 

Si vamos a asumir la existencia como un rito de vida, debemos reconocerle al sexo y a su goce su carácter sagrado.

 

 

DE LOS DEBERES PARA CON LOS

DEMÁS SERES VIVOS

 

En el año de 1996 un enorme revuelo sacudió al mundo, no solamente a la comunidad científica sino también a los medios de comunicación y en consecuencia a la llamada "opinión pública", ante el anuncio de la NASA de que en un aerolito procedente de Marte y descubierto en la Antártida, habían encontrado lo que parecían ser fósiles de antiguas bacterias marcianas.

 

Mientras los fósiles de seres vivos más antiguos que se han encontrado en la Tierra, apenas alcanzan los 3.800 millones de años, los supuestos fósiles marcianos arrojaron una edad de 4.200 millones de años, lo que daba lugar a suponer que la vida hubiera podido aparecer en Marte antes que en nuestro planeta. Se especuló incluso sobre la posibilidad de que la vida hubiera sido "sembrada" en la Tierra por aerolitos cargados de seres vivos como el hallado en la Antártida, y que las condiciones de nuestro planeta fueron propicias para una evolución que condujo hasta nosotros, mientras en Marte el proceso quedó interrumpido en sus primeras etapas.

 

Definitivamente el más importante suceso de la historia humana, sería el descubrimiento con certeza absoluta de la existencia de vida en algún otro lugar del universo: ni siquiera de vida "inteligente", sino de cualquier forma de vida, sin importar su nivel de complejidad y desarrollo.

 

Como decíamos al principio, estadística y filosóficamente suponemos que debe haber vida en otro lugar del universo, pero sólo estamos absolutamente seguros de la existencia de vida en la Tierra.

 

Por otra parte, a pesar de los impresionantes avances en el desarrollo de la llamada Vida Artificial (A Life) y de la Inteligencia Artificial (AI), ningún laboratorio del mundo, ni con los más desarrollados instrumentos y procesos científicos y tecnológicos, ha podido todavía construir un ser vivo. Los científicos y los técnicos de esos avanzados laboratorios, siguen produciendo vida, pero en sus momentos de intimidad y por los mismos métodos deliciosamente "artesanales" a que acudimos el común de los mortales.

 

Lo anterior para concluir que si avaluamos algo con el criterio de lo que nos costaría fabricarlo, cualquier ser vivo nos resultaría invaluable: desde ese molesto insecto que matamos de un manotazo y de manera casi inconsciente mientras nos sobrevuela la cabeza, hasta, por supuesto, un ser humano. Desde una bacteria hasta toda la biosfera.

 

En la Tierra, sin embargo, estamos tan totalmente inmersos en un océano de vida, y hay tanta vida a nuestro alrededor y en nosotros mismos, que hemos perdido la capacidad de valorarla. Es tanta su exuberancia y su abundancia, que la vida a perdido para nosotros su condición de "milagro" y su carácter sagrado.

 

El descubrimiento de una sola bacteria viva en la superficie de Marte o en una de las lunas de Júpiter podría cambiar el curso de la historia humana, y sin embargo en Colombia toleramos que cuarenta mil seres humanos caigan asesinados cada año. Un alga primitiva en una roca marciana tendría para la ciencia un valor incalculable, mientras en Colombia se destruyen más de medio millón de hectáreas anuales de bosques. Una gota de agua líquida en cualquier cuerpo extraterrestre llenaría de esperanza a nuestra especie sobre la posibilidad de encontrar vida en alguna otra parte del espacio, y sin embargo a los colombianos nos deja indiferentes que, en una década, hayamos descendido del primero al quinto lugar como "productores" de agua en el mundo, no porque otros países hoy tengan más agua que antes, sino porque nosotros hemos ido acabando con nuestras riquezas naturales.

 

 

 

 

Cuando hablamos de la deforestación de 600 o 700 mil hectáreas de bosques al año, no siempre somos plenamente conscientes de lo que esas cifras significan en términos de vida destruida: una hectárea de bosque no es tan solo una medida "plana" de área, ni tampoco sería suficiente expresarla en metros cúbicos de biomasa para tener una idea completa sobre la biodiversidad de especies y de inter-relaciones existentes en esa porción del planeta. Deberíamos hablar más bien de "metros hipercúbicos", para incorporar la dimensión tiempo a esa unidad de volumen: el tiempo que le ha tomado a los procesos vitales crear y consolidar toda la información genética existente en ese espacio, y el tiempo que le ha tomado a la vida tejer la telaraña de múltiples y complejas inter-relaciones entre las especies a través de las cuales se manifiesta esa información genética, al igual que las inter-relaciones entre los seres vivos y los componentes denominados "abióticos" de cada ecosistema. Pero también para tener en cuenta el tiempo necesario para recuperar la cantidad y la calidad de la vida destruida por la deforestación de esa cantidad de hectáreas de bosque.

 

Así mismo, cuando convencionalmente se habla de una hectárea de bosque, o de cualquier otro ecosistema, se deben tener en cuenta la cantidad y la calidad de los servicios ambientales que le presta ese ecosistema a la biosfera (y a la comunidad humana como parte de esta). Y cuando se habla de la destrucción de una hectárea de bosque, se deben tener en cuenta los efectos de corto, mediano y largo plazo, derivados de la no prestación de esos servicios ambientales.

 

En últimas, para entender el significado real de estas cifras estadísticas, resulta necesario que además de la comprensión racional de las mismas, utilicemos el sentido de la compasión, para sentir en nuestras propias tripas lo que esa destrucción significa en términos del deterioro de la vida en la tierra.

 

Con mucha mayor razón, necesitamos de la compasión para entender el significado real, en términos de sufrimiento humano, que se esconde detrás de cada cifra estadística sobre homicidios, desapariciones forzadas, secuestros y desplazamientos.

 

 

Tenemos, frente a cada ser vivo, el deber de valorarlo como expresión de la voluntad de vida que existe en el cosmos, como miembros de esa "comunidad sagrada" de que habla Thomas Berry. Si nuestra condición animal nos obliga a vivir a costa de otros seres vivos, tenemos el deber de reducir nuestro impacto hasta lo mínimo necesario.

 

Necesitamos entender el papel que cada ser vivo cumple en la biosfera, pero nuestra ignorancia sobre ese papel no puede servir de excusa para negarles a otros seres vivos el derecho a la existencia.

 

No podemos valorar la importancia de un ser vivo exclusivamente en función de su utilidad para la especie humana.

 

Ignoramos si otros seres vivos, a su manera, son conscientes de su propia existencia y de la existencia del cosmos. No sabemos hasta qué punto nuestras decisiones sobre otros seres vivos incrementan los niveles de sufrimiento que existen en la Tierra, ni hasta que punto ese incremento del dolor nos afecta. De qué forma la desaparición provocada de cualquier especie, disminuya la dignidad de la nuestra. Aunque sea por el egoísmo que caracteriza a nuestra especie, debemos establecer controles sobre nuestra capacidad de causar daño. Si la humanidad toma la decisión de transformar su condición de plaga planetaria, dentro de dos o tres generaciones habremos renunciado totalmente a alimentarnos de otras especies animales, no sólo por argumentos éticos, sino por razones de eficiencia alimentaria.

 

Como especie tenemos el deber y la posibilidad de encontrar medios de subsistencia que no signifiquen el dolor de otras especies. Habrá quienes argumentan que simplemente estamos siguiendo una "ley de la naturaleza", pero nos preguntamos por qué cuando causamos sufrimiento sí invocamos las "leyes de la naturaleza", pero cuando es necesario oír a la naturaleza a la hora de definir nuestras prioridades, nos hacemos los sordos ante sus "leyes" y sus mensajes. Extrañamente, cuando en cualquier campo de la actividad humana se trata de justificar el supuesto derecho de los peces grandes a comerse a los más chicos, aparecen incontables apologistas de las "leyes naturales".

 

Si algunos renglones atrás anotábamos el desarrollo de la compasión como un deber para con nosotros mismos, aquí lo resaltamos como una obligación para con los demás seres vivos que comparten con nosotros la Tierra.

 

Seguramente algún día nos sentiremos tan avergonzados de haber causado el sufrimiento de otras especies animales, como hoy sentimos vergüenza por pertenecer a la misma especie que produjo la esclavitud y el holocausto. A la misma especie que continua produciendo tantas esclavitudes y tantos holocaustos...

 

 

DE LOS DEBERES PARA CON LOS EXTRATERRESTRES

Y OTRAS INTELIGENCIAS

 

El anterior encabezamiento seguramente llenará de extrañeza a muchos de los lectores que hayan tenido la paciencia de llegar hasta este punto del texto.

 

Vale la pena, sin embargo, que meditemos un poco sobre cuál sería la reacción de nuestra especie en caso de que, sin lugar a dudas, comprobáramos la existencia de seres vivos –y en especial de seres "inteligentes"- por fuera de nuestro planeta, lo cual muy posiblemente ocurrirá en algún momento de ese milenio que se avecina.

 

El contacto de nuestra especie con otros seres "inteligentes" sería, sin lugar a dudas, un momento culminante de la historia humana. ¿Estaríamos preparados para ese encuentro? ¿Qué luces nos puede arrojar esta especulación sobre nuestras relaciones con nosotros mismos y con los demás seres vivos que existen en la Tierra? ¿Poseemos una ética que nos permita participar adecuadamente de ese episodio cumbre de la evolución de la vida en el universo que sería el encuentro con otros seres "inteligentes"?

 

Pensemos con qué criterios evaluaríamos si esos seres son "superiores" o "inferiores" a nosotros, y qué actitud asumiríamos como especie en uno y otro caso.

 

Muy posiblemente, en términos prácticos, hoy los consideraríamos "superiores", no si poseyeran un mayor conocimiento y dominio del universo y de sí mismos que el que nosotros poseemos, o si hubieran logrado un grado tal de desarrollo, que pudieran dedicarse de lleno a lo que en términos humanos llamamos la creatividad, la poesía y el disfrute de estar vivos sin tener que preocuparse por las urgencias cotidianas de la subsistencia (esa condena a la que desde nuestros orígenes hemos estado sometidos los humanos), sino que los consideraríamos "superiores" si tuvieran la capacidad de dominarnos, de explotarnos, de convertirnos en "recursos" para la satisfacción de sus necesidades y, por supuesto, si poseyeran una tecnología capaz de neutralizar los esfuerzos humanos para impedir que nos dominaran. Seguramente unos sectores humanos se aliarían con ellos para lograr dominar a otros sectores, y se pondrían "voluntariamente" a su servicio con tal de poder compartir algo de su poder de conquista.

 

Por el contrario, los consideraríamos "inferiores" si, no importa cuán avanzada fuera su cultura en términos de arte o de conocimiento, no estuvieran en capacidad de evitar su explotación por parte de la especie humana. Sin duda alguna, si poseyeran o ellos mismos fueran "recursos" capaces de otorgarnos ventajas competitivas en la guerra o en el "mercado", nuestra especie no dudaría en apoderarse de ellos y en ponerlos a nuestro servicio, aún cuando ello pusiera en peligro su propia existencia.

 

Si fueran "superiores" a nosotros en conocimientos, pero "inferiores" en poder destructivo, ¿estaría nuestra especie preparada para respetarlos y para aprender pacíficamente de ellos?

 

Si en el medio en donde se desarrollara la existencia de esos supuestos seres, existieran recursos considerados valiosos en la Tierra y esos seres no tuvieran capacidad guerrera para defenderlos, ¿estaríamos los humanos dispuestos a renunciar pacíficamente al dominio de esos "recursos"?

 

¿Qué tipo de pruebas de "superioridad" les exigiríamos a los supuestos extraterrestres antes de otorgarles nuestro respeto?

 

En otras palabras: ¿Ha aprendido algo nuestra especie de toda su trayectoria de conquistas y de violaciones sobre otras especies vivas y de unas culturas sobre otras?

 

Aunque en este momento la probabilidad de establecer contacto cierto con una civilización extraterrestre se reconoce como baja, las respuestas a estas preguntas nos pueden arrojar muchas luces sobre nosotros mismos y sobre nuestro compromiso ético con la vida en el cosmos, empezando por la vida en la Tierra.

 

Si usted fuera un o una extraterrestre "inteligente" y tuviera buen conocimiento de la especie humana, ¿se atrevería a arrimarse por este planeta?

 

* * *

 

Desde los viejos libros de astronomía de don Camilo Flammarion que conocí en la biblioteca de mis dos abuelos, hasta los textos modernos y los círculos científicos en donde hoy se trata el tema de la vida extraterrestre, afirman que si en algún otro lugar del universo existiera vida en alguna medida parecida a la vida de la Tierra, pero que no se basara en el carbono como toda la vida terrestre, sino en otro elemento, muy probablemente ese elemento sería el silicio. Porque el silicio, al igual que el carbono, posee una estructura atómica que le permite enlazarse consigo mismo hasta conformar las complejas estructuras que, en el caso del carbono, constituyen la base química de la vida que nosotros conocemos.

 

En otras palabras: si esperamos encontrar en el espacio formas de vida similares a las terrestres, tenemos que buscar o vida de carbono o vida de silicio.

 

Exploremos en qué están hoy las tentativas humanas por crear vida en el laboratorio. Desde hace muchos años los seres humanos desistimos en nuestros intentos de crear vida a la manera del doctor Frankenstein, ensamblando "repuestos" de cadáveres hasta formar un monstruo viviente, y hoy la búsqueda de vida artificial se concentra en los terrenos de la informática y está íntimamente vinculada al campo de la inteligencia artificial, que se dedica al desarrollo de máquinas "pensantes".

 

Hoy en día, para muchos millones de seres humanos, los virus informáticos capaces de infectar desde los computadores personales hasta los más complejos sistemas de las empresas multinacionales o del Pentágono, constituyen un dolor de cabeza tan molesto, y a veces de consecuencias económicas o logísticas más graves, que los otros virus, los de la gripa, la hepatitis o el SIDA.

 

Si bien los virus no pueden considerarse seres vivos ("carecen de genes y proteínas suficientes para mantenerse"), sí se encuentran muy cerca de las células, que se consideran las unidades básicas de la vida, y de las bacterias, que son células que en sí mismas constituyen un ser autopoyético o con capacidad de mantenerse.

 

Así mismo, los virus informáticos tampoco pueden considerarse seres vivos, pero son a los programas de computador lo que los virus biológicos son a las células y a las bacterias, y se comportan según los mismos principios informáticos. La tecnología informática no ha creado todavía vida ni en el computador ni en la retorta, pero sí ha llegado a desarrollar sistemas "virtuales" que funcionan autónoma y espontáneamente de manera muy parecida a como lo hace la vida. Tanto es así que, estudiando el comportamiento de esos sistemas virtuales, los biólogos y los científicos en muchos casos han logrado aprender más sobre la vida misma que en contacto directo con los seres vivos, al igual que el desarrollo de la inteligencia artificial ha arrojado ingentes luces sobre el funcionamiento del cerebro y las características de la inteligencia humana. Y nos han puesto a pensar sobre si la esencia de la vida es su sustrato material –en nuestro caso proteínas y ácidos nucleicos- o si es una determinada manera de procesar la información, sin importar si el hardware es de silicio o de carbono, o incluso si no hay hardware. ¿En un futuro lejano, podría evolucionar la inteligencia humana hacia formas virtuales?

 

En este mismo texto hablamos ya del comportamiento emergente, o sea, de la posibilidad de lograr en el universo del computador, que surjan de manera espontánea comportamientos tan complejos como los caprichosos patrones de vuelo de las bandadas de golondrinas o los patrones de nado de los cardúmenes de anchoas y de sardinas. Comportamientos que surgen de la iteración o repetición y retroalimentación de instrucciones sencillas, y que de pretenderse programar de manera expresa, exigirían miles de horas de trabajo de los computadores más poderosos.

 

Los seres humanos, pues, no hemos podido crear vida "biológica" en el laboratorio, pero estamos acercándonos a inesperadas formas de vida "virtual" en el espacio informático. ¿Y de qué está hecho el sustrato material, el hardware, de ese espacio informático, es decir, de los computadores? Fundamentalmente de pastillas ¡¡¡de silicio!!!

 

Es decir, que muy posiblemente los seres humanos (que somos vida de carbono) estamos a punto de crear esa vida de silicio que esperábamos encontrar en algún lugar del espacio extraterrestre. Nosotros estamos creando a los extraterrestres, y hoy ya convivimos con sus antecesores inmediatos.

 

Hasta este momento, en cerca de cuatro mil millones años que lleva la vida en el planeta Tierra, toda la evolución se ha dado desde unas formas de vida de carbono hacia otras formas de vida de carbono más complejas o mejor adaptadas.

 

En este momento, por primera vez en la historia de la evolución de la vida terrestre, estamos acercándonos a la aparición de una forma de vida de silicio a partir de la vida del carbono.

 

Vida de silicio íntimamente trenzada con la inteligencia artificial, que también tiene como sustrato material el silicio. En el curso de los próximos cien años, muy probablemente antes, una y otra, la vida artificial y la inteligencia artificial, serán realidades cotidianas, y nuestros descendientes estarán compartiendo la Tierra con otros seres inteligentes y conscientes de sí mismos, pero basados en unos fundamentos orgánicos distintos a los nuestros: en la biología del silicio.

 

¿Estaremos preparando a nuestros descendientes para construir una ética que les permita convivir pacíficamente con esas nuevas formas de vida que nosotros mismos estamos creando?

 

Cuando eso ocurra, ¿estará la especie humana preparada para que ninguna forma de vida "inteligente" se convierta en explotadora de la otra?

 

Si en este momento, cuando todavía los computadores están muy lejos de considerarse verdaderamente "inteligentes" y mucho menos "conscientes" de su propia existencia, la humanidad se encuentra en jaque por los posibles errores de los computadores al pasar el calendario del 31 de Diciembre de 1999 al primero de Enero del año 2000; si hoy los robots, que no son conscientes de sí mismos y en consecuencia no poseen intereses propios ni "egoísmos", están dejando sin empleo a cientos de miles de trabajadores humanos, ¿qué pasará cuando efectivamente convivamos con máquinas vivas, inteligentes, dotadas de consciencia, y que además carezcan de las vulnerabilidades biológicas propias de la vida del carbono? ¿Con máquinas físicamente mucho más poderosas que nosotros y con una capacidad de procesar información infinitamente mayor que la nuestra?

 

Y si la especie humana logra mantener su carácter dominante, ¿estaremos dispuestos a reconocerles derechos a esos seres conscientes y a respetar sus propias vulnerabilidades?

 

Si bien hoy la informática se utiliza como tantas otras expresiones de la tecnología, en actividades que incrementan nuestro impacto como plaga, también existen múltiples ejemplos de simbiosis afortunadas entre los computadores y lo mejor de nuestra condición humana.

 

Si hasta hace pocos años la estructura más compleja del universo conocido era el cerebro humano, hoy lo es la noosfera, hecha realidad por la interconexión simultánea y planetaria de cientos de miles de cerebros humanos. Hoy podemos afirmar sin lugar a equivocarnos, que la Tierra no es solamente un planeta vivo, sino además un organismo pensante, envuelto por una telaraña neuronal que cada vez nos vincula a más seres humanos.

 

¿Qué clase de comportamiento emergente podrá surgir en el futuro de esas interconexiones?

 

¿Seremos capaces de conectar otros seres vivos no humanos, a esa telaraña de inteligencias de carbono y de inteligencias de silicio entrelazadas?

 

Junto con la capacidad de nuestra especie para la poesía en todas sus formas (incluidos el humor y la ciencia) y nuestra disposición (aunque subutilizada) para la compasión y la ternura, como ya lo dije atrás, la interconexión actual y potencial de todos los seres humanos a través de las redes informáticas, es uno de los argumentos que hoy, en el aquí y el ahora, me hacen sentir virtualmente orgulloso, esperanzado y feliz de ser humano.

 

 

Este texto se terminó de escribir en su primera versión

el día 25 de Junio de 1999 en la ciudad

de Popayán, en la República de Colombia.