NICARAGUA: Después del
huracán
Los Monjes y Monjas Agustinos del Monasterio de la
Santa Cruz
Después de que el huracán Mitch se paseo por toda Centroamérica dejando un doloroso saldo de muerte y destrucción, se han publicado todas las cifras y estadísticas posibles sobre la catátrofe. Ahora quedan los sobrevivientes, sus dramas y esperanzas:
Martín es un joven nicaragüense con 29 años. Cuando el huracán asoló Nicaragua, llevaba ya varios meses en Costa Rica trabajando en las bananeras. El 70% de desempleo lo empujó a través de la frontera para poder enviar desde allí, cada mes, unos cuántos dólares a su familia, hace años sumida en la más lamentable de las miserias. En cuanto se enteró de la tragedia producida por el huracán, regresó a Nicaragua para reunirse con los suyos. Lleva ya más de un mes recorriendo todos los refugios, hospitales y comunidades religiosas del país en busca de sus dos pequeños hijos. Todavía no los ha encontrado. Tenemos ganas de decirle que lo deje ya, que si a estas alturas no aparecen, seguramente es porque murieron bajo el lodo. Pero no hemos podido hacerlo. En sus ojos brillaba, tercamente viva, la esperanza y el anhelo de encontrarse con ellos. Se ha vuelto a poner en camino. Le han dicho que las Siervas del Divino Rostro tienen acogidos otro grupo de niños y para allá va... Al atardecer, cuando los Monjes y las Monjas Agustinos nos hemos reunido para cantar las vísperas del Adviento, algunas palabras de la liturgia, como "esperanza" "espectación" y "encuentro" han resonado en el templo monástico cargadas de sentido, pronunciadas sobre el rostro concreto de Martín.
Roger tenía 22 años. Vivía aquí mismo, en Santa Cruz, cerca de nuestro monasterio. El huracán se llevó todo lo que tenía: una casa de tablas, dos vacas y una parcelita que hoy sólo es un pedregal, pues el agua lavó la tierra. Cuando las epidemias se desataron días después, su niña recién nacida murió de leptospirosis. Entones Roger decidió ingerir gramoxón, un agroquímico mortal. Durante 26 días se debatió entre la vida y la muerte en el hospital. Hace poco celebramos su funeral. Cuando fuimos a administrarle los sacramentos le preguntamos por qué lo hizo. El simplemente contestó: "por tanta decepción."
ADVIENTO: PARUSIA Y ENCARNACION; JUICIO Y ESPERANZA.
Es verdad que este pueblo, acostumbrado al sufrimiento, tiene capacidad de volverse a poner en pie, de avivar su esperanza. Pero no es menos verdad que caer en una situación depresiva, no es sólo posibilidad y lujo de los que habitan países ricos, aunque sólo sea porque se acabaron las vacaciones y toca volver a la oficina. El daño psicológico sembrado en los sobrevivientes del huracán Mitch no será fácil desterrarlo ni aunque un ejército de psicólogos aterrice en estas tierras.
Martín y Roger han sido los parámetros de nuestro Adviento y lo seguirán siendo en la ya inminente Navidad. Son dos casos concretos, espigados entre miles, de lo que hoy se vive en Nicaragua y gran parte de Centroamérica. Dos polos extremos, entre la diversa gama de reacciones que hoy siguen brotando de la vida de este pueblo ante la crisis vivida desde comienzos de Noviembre. Esperanza inclaudicable de Martín; decepción infinita de Roger que nos llama a todos a un anticipado juicio, antes de la parusía.
Un juicio que surge de toda crisis y conflicto cuando revientan. Porque es en medio de la dificultad y de los problemas cuando se esclarece quién es cada quien. Sale a la luz la verdad y mentira que cada uno somos y llevamos dentro. Mitch está permitiendo sacar todo esto a la luz a través de un triple juicio.
Juicio a las relaciones internacionales
Porque la desigualdad creciente entre países, el abismo abierto entre norte-sur nos revela hoy que unos han crecido a costa de otros; que la riqueza de unas naciones es el expolio de otras desde hace siglos. Nicaragua paga anualmente, sólo en concepto de deuda externa, el 40% de sus exportaciones. Ese dinero se va sin levantar escuelas ni hospitales; sin construir puentes y carreteras de calidad; sin posibilitar nuevas fuentes de empleo que permitan a las familias construirse casas sólidas y estables.
Cuando la fuerza de la naturaleza se vuelva a rebelar contra nosotros, nos volverá a encontrar tan desprovistos y faltos de preparación como ahora. Es cierto que los gobiernos han corrido en nuestro auxilio. Pero no se da el paso, radical y definitivo, de condonar la deuda y empezar a pagar justamente nuestros productos y exportaciones. Se prefiere que sigamos dependiendo de otros, aunque de vez en cuando, la "ayuda oficial" tenga que sacar unos millones para ayudar en emergencias. Es el precio de poder imponer aquí los intereses de allí. Y el negocio resulta redondo, porque la tan publicada "ayuda oficial" no es sino, solapadamente, un negocio: dinero reembolsable con intereses y condicionado a comprar con él productos de los países donantes.
Juicio a la sociedad nicaragüense.
Porque por décadas han venido primando
en Nicaragua los intereses de los pocos sobre los muchos, los de las clases
gobernantes sobre las necesidades reales del pueblo. La corrupción de los distintos
gobiernos de turno se ha venido acumulando sobre este país, revelándose en estos
momentos falto de mínimos recursos desviados hacia intereses políticos y partidarios.
Pareciera que con la simple democracia formal tenemos al mundo contento, aunque
la sociedad civil siga siendo ignorada por el gobierno y no acabe de permitirsele
actuar.
La misma población
afectada por el huracán, en el reparto de la ayuda se ha manifestado individualista
y egoísta, clamando por derechos cuando se han olvidado obligaciones. No han
sido pocos los que, no afectados directamente por el huracán, han extendido
su mano oportunista como damnificados, dificultando mucho la justa distribución.
Juicio personal.
Porque ¿quién de nosotros, ante la furia de la naturaleza, no nos hemos sentido pequeñitos, impotentes, frágiles...? Una montaña que se derrumba, un río que se crece y el esfuerzo de toda una vida se va corriente abajo. Cultivos, ganado, casa, seres queridos...nuestra propia vida. Propiedad pasajera, equipaje de camino, pero nada definitivo. Y, sin embargo, vamos por la vida llenos de orgullo propio, creyendo ser, cada uno de nosotros, el ombligo del mundo, pensándonos permanentes para siempre. Todavía no nos ha sometido Dios a su juicio, ahora sólo lo ha hecho Mitch, un simple huracán. Y nadie ha salido muy bien librado.
Mitch se ha convertido pues en la voz que clama hoy en el desierto diciéndonos a las naciones, a Centroamérica y a cada uno de nosotros: "Conviértanse. Allanen los caminos... Abran paso a la justicia y la libertad."
Anuncios de esperanza.
Pero también es cierto que, tras los días de torrenciales lluvias, por fin, ha salido el sol. Y la nueva luz ha puesto al descubierto los siempre pequeños, pero firmes signos, que alimentan la esperanza. Una esperanza concreta que hace posible que ahora podamos celebrar Navidad. Porque Mitch no ha podido "ni quebrar la caña doblada, ni apagar el pabilo vacilante". Más bien ha sido ocasión también para que se despertara la solidaridad. Solidaridad entre los vecinos cercanos a los damnificados, entre las ciudades próximas a la catástrofe. Y también entre los ciudadanos de países lejanos, quienes, al margen de la "ayuda oficial", en colectas populares, se han volcado en una procesión que portaba entre sus manos, como los magos camino al pesebre, los dones necesarios para enfrentar el momento de máxima emergencia, cuando era necesario salvar vidas humanas de las aguas, del hambre, la desnudez y la enfermedad. Signo esperanzador también el de los ciudadanos del primer mundo tomando conciencia de la realidad de los países más pobres, luchando por el 0.7%, la condonación de eternas deudas externas, engrosando el voluntariado y comprometiéndose en iniciativas para erradicar efectivamente la pobreza...
Inclaudicabilidad de un pueblo
golpeado en Centroamérica. Sensibilidad de miles de hombres y mujeres de buena
voluntad de otros países. Este será esta Navidad nuestro "gloria a Dios
en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad".
Nicaragua, Centroamérica,
sigue aquí. Se necesitarán dos o tres décadas para reconstruir lo que en 72
horas Mitch destruyó material y psicológicamente. Pero nos vamos a levantar
porque hay manos que nos extienden su corazón. No las cierren, no nos olviden.